Euskadi en duelo. La central nuclear de Lemoiz como símbolo de la transición vasca

En un recodo de la sinuosa carretera que lleva de Armintza a Bakio pueden contemplar se los colosales restos de la central nuclear de Lemoiz. Si uno va circulando en coche la visión se produce como un fogonazo, durante un breve instante. Enseguida el terreno montuoso vuelve a esconder las deterioradas instalaciones. Así permanece Lemoiz desde hace 30 años, cuando las obras se detuvieron: cerrada y oculta. Esfumado de las primeras planas, su nombre reaparece de ciento en viento, cuando se cumple un aniversario o surgen nuevas propuestas de reutilización que, hasta el momento, han quedado en agua de borrajas.

Hubo un tiempo en que Lemoiz era uno de los principales temas de la actualidad informativa. En los plenos inaugurales del Parlamento vasco, en 1980, se abordó el problema de la central. Los telediarios y los periódicos abrían sus ediciones con alguna noticia relativa a la controversia nuclear: la última gran manifestación por la paralización de las obras, un informe de especialistas internacionales, la respuesta de otros expertos locales o un atentado contra una subestación de Iberduero, la empresa promotora de Lemoiz. Así hasta rellenar páginas y páginas de información y opinión. Las estanterías de mi casa están cargadas de carpetas en las que se acumulan cientos de publicaciones monográficas y documentos internos, así como más de 3.000 recortes de prensa sobre el movimiento antinuclear, Iberduero, la postura de los partidos políticos… Toda esta barahúnda ya pasó y ahora es el silencio el que se enseñorea de aquel rincón de la costa vasca.

Una mañana de diciembre de 2008 entrevisté en su despacho de la Universidad del País Vasco a José Allende, una de las personas más destacadas de la oposición anti-Lemoiz. Enseguida pude comprobar que una de las cosas que más le preocupaba transmitirme era su temor a que la historia de Lemoiz se manipulara. Que se contara una versión tendenciosa. En el fondo los historiadores no estamos habilitados para descubrir y narrar la Verdad pretérita, porque la materia prima con la que trabajamos, el ser humano en el tiempo, es extremadamente inestable. En nuestra disciplina hemos pasado del cientifismo positivista a asumir los límites del conocimiento que generamos. Como apuntó Lucien Febvre hace ya más de medio siglo: “jamás tenemos convicciones absolutas cuando se trata de hechos históricos”. Me gusta comprender mi profesión como una carrera en la que se persigue una meta loable, la objetividad, pero sin absolutismos, porque lo importante, más que alcanzar esa cumbre, es el trayecto. Una ruta en la que nos guiamos por el método de ensayo y error. Ofrecer al lector una cadena interminable de hechos (cosa que, aparte de ser plomiza, ya de por sí es subjetiva –¿por qué, si no, se escogen unos sucesos y se descartan otros?-) no parece tanto el trabajo del historiador, cuanto el del anticuario del pasado. Así pues, se trata de interpretar, pero sin especulaciones excesivamente abstractas, sino a la luz del diálogo con las fuentes primarias y la bibliografía. Con la intención no sólo de iluminar pasajes subterráneos, sino de comprender por qué las personas actuaron de una forma determinada en un momento concreto. Comprender no significa disculpar, sino analizar, dando a conocer las causas.

En diversas sociedades que han sufrido experiencias de terrorismo existe una tendencia acomodaticia a pasar rápido de página. A corto plazo esta propensión puede ser políticamente operativa, pero a largo plazo suele resultar éticamente demoledora. Mirar hacia atrás con perspectiva crítica, aunque quizás resulte incómodo, es necesario si queremos construir un futuro más cívico, con menos sectarismos que durante las últimas décadas.

La tarea de los historiadores no es redactar un catecismo, sino fomentar la reflexión, hacernos preguntas e impulsar a que los ciudadanos también se las hagan. Esta obra no pretende contar con pelos y señales la historia de una central nuclear abandonada, cosa que parece un esfuerzo excesivo para semejante objeto. Aquí se estudia la polémica en torno a Lemoiz porque es clave para comprender algunos de los más destacados ingredientes del pasado reciente de Euskadi: la conflictividad social, el ciclo de violencia política y el proceso de democratización y construcción de la autonomía vasca.

No pocos han quedado satisfechos con una versión de la historia de Lemoiz bastante divulgada y que no contempla detalles escabrosos: la central nuclear estaba mal y no se abrió, así que nos congratulamos de no tener semejante peligro cerca de casa. Para algunos las protestas contra Lemoiz son un mito: encarnan la memoria de la lucha de un pueblo contra las imposiciones provenientes de fuera. Para otros, que van más lejos, Lemoiz es la prueba del algodón de que la violencia de ETA no fue en vano, sino que ha servido para obtener ganancias significativas para los vascos. La historia de la central (una versión idealizada de la misma, se entiende) era un primer paso, un ejemplo de lo que Euskadi podía llegar a ser: un país independiente, que tomaba sus propias decisiones gracias al dinamismo de un fuerte movimiento popular que se había deshecho de un peligroso enemigo recurriendo a los diversos medios a su alcance. Un eufemismo para no hablar, entre otras cosas, de terrorismo. Y todo ello pese a las Fuerzas de Orden Público (FOP) y el Gobierno de España, que estaban del lado de Iberduero. En la prensa de las organizaciones antinucleares se podía leer que: “por doquier, crecieron cíclopes metálicos, que fueron defendidos con las armas, murallas grises de hormigón y acero. Los nuevos templos con altares (reactores nucleares, ciertamente), insaciables de sangre, clamaron por ficticios bienestares (…). ¡Soberana certeza en manos de un Poder sin nombre, impersonal y frío como la estatua de un dios inexistente!”3 . En los años de la Transición la leyenda de David contra Goliat resucitaba en la carne de una central nuclear y sus contrincantes.

El punto álgido del asunto Lemoiz se ventiló en la década comprendida entre 1972 y 1982. En la primera de esas fechas Iberduero obtuvo un permiso provisional de obras de los ayuntamientos de Mungia y Lemoiz, en cuyos términos municipales está la cala de Basordas, donde se iniciaron los trabajos. En la segunda fecha la construcción se paralizó tras el asesinato a manos de ETAm de Ángel Pascual, el ingeniero jefe. En esos años se desplegó uno de los movimientos sociales más multitudinarios en la Euskadi de la segunda mitad del siglo XX, el antinuclear. Asimismo, una ETA en auge desató desde 1977 una fuerte campaña terrorista con el fin de propiciar que la central no llegara nunca a funcionar. Todo ello coincidió con un momento en el que las instituciones del autogobierno vasco se estaban construyendo después de cuarenta años de dictadura franquista. Era un cóctel con muchos y explosivos componentes.

Para una generación de vascos, la que protagonizó la Transición democrática, Lemoiz es como las reuniones navideñas: una cita sobre la que no hay consenso, pero que resulta ineludible. Sin embargo, muchos jóvenes desconocen qué sucedió en torno a dicho proyecto o simplemente blanden algún detalle estereotipado. La conmemoración en 2012 del 30 aniversario de la paralización de las obras de la central, que coincide también con la celebración del Año Internacional de las Culturas, de la Paz y la Libertad, es un momento oportuno para plantearse: ¿por qué importa Lemoiz?

Lemoiz fue mucho más que una controversia ecológica o medioambiental, temas de por sí importantes, pero que acabaron relegados a un segundo plano. Fue un duelo fundamentalmente político entre formas distintas de entender Euskadi y entre modos diferentes de participar en los asuntos públicos, mediante la fuerza o la palabra. Un duelo que, con sus aciertos y errores, con sus progresos y retrocesos, sirve como metáfora de la ardua democratización vasca.

La idea de fondo sobre la que se sostiene este libro es la particularidad de la Transición en Euskadi, algo que ha sido reseñado por diferentes autores5 . Ello implica defender que el País Vasco sí experimentó un proceso de democratización en los años setenta del siglo XX, lo que viene siendo puesto en cuestión por algunos agentes políticos y sociales. Pero dicha transformación fue imperfecta y bastante más problemática que en el resto de España. Fue así, básicamente, por el impacto de la violencia política, por su empleo y legitimación. Porque si la Transición fue un camino hacia más democracia, la espiral terrorista de esos años consistió en su mayor amenaza. Bombardear, por ejemplo, decenas de torres de alta tensión parece una forma bastante tiránica de conducirse en la vida pública. Más tarde tendremos ocasión de profundizar en estos episodios tan poco modélicos como significativos.

El libro se inicia con una aproximación sustancialmente descriptiva a la controversia sobre la central nuclear de Lemoiz. A continuación se despliegan otras partes más analíticas. En ellas se divulga sobre temas como la construcción de las identidades colectivas, el concepto de nación, la importancia de las emociones en política, el peso del pasado, las tradiciones y los mitos nacionalistas, el papel de las representaciones icónicas, discursivas o teatrales, la relevancia de la acción colectiva o las consecuencias del empleo del terrorismo, tomando siempre Lemoiz como caso de estudio privilegiado. En las conclusiones se trata de responder a varias cuestiones que permanecen abiertas y sobre las que no existe, ni se le espera, un acuerdo universal: quién cerró Lemoiz, quién salió ganando y perdiendo de toda esta historia y en qué medida Lemoiz fue un asunto excepcional o, por el contrario, se puede comparar con otros casos internacionales que salieron a la luz en las mismas fechas.

Los historiadores nos solemos sentir más cómodos apoyándonos en abundante documentación sobre procesos ya culminados que ensayando sobre etapas más próximas en el tiempo. Especialmente si, como ocurre en Euskadi, los debates sobre la Transición no están cerrados, sino que se proyectan hacia adelante, existiendo quienes cuestionan la herencia política de aquella época e incluso quienes la impugnan de forma radical. Aparte de por esto, otro de los principales motivos por el que lo historiadores vascos no nos hemos ocupado antes del pasado más reciente ha sido por la persistencia del terrorismo. Ha habido autores, contemporaneístas entre ellos, que además de escribir y enseñar en las aulas universitarias han ejercido un auténtico papel de intelectuales liberales, significándose abiertamente contra la violencia política, subiéndose a la tribuna pública para defender la causa de la libertad mediante la palabra. Han sufrido sabotajes, insultos y amenazas, han sido perseguidos por su compromiso cívico, se les ha colocado escoltas y varios de ellos han acabado en el exilio, cuando no asesinados, como el periodista José Luis López de la Calle. Ha sido una enseñanza difícil de ignorar para el resto de sus colegas. Desde luego no soy un pionero que rompe con una época de mutismo. En todo caso me podría honrar de integrarme en una corriente que avanza hacia la profesionalización de la historia vasca del presente y que va generando un ritmo creciente de aportaciones en forma de libros y artículos.

Uno de mis propósitos a la hora de redactar esta obra ha sido cuidar la prosa. Después de varios años profundizando en un tema es difícil evitar la impresión de estar golpeando las mismas ideas con un martillo hasta dejarlas prácticamente planas. Es una sensación equiparable a la del músico que interpreta una canción en decenas de escenarios. El reto no consiste en emplear una jerga especializada para el consumo del gremio de investigadores profesionales, sino en tratar de hacerme entender por cualquier persona que se acerque a estas páginas.

Aparte de ese propósito es conveniente apuntar algunas notas sobre la redacción de nombres propios y topónimos. En las fechas que nos ocupan, en la mayoría de los casos, tanto en la prensa como en la documentación, se escribían los nombres de las localidades en castellano (Guernica, no Gernika). Salvo en las citas literales, donde he respetado la grafía original (Lemóniz), los nombres de los ayuntamientos (Lemoiz), los barrios y las provincias son los actualmente oficiales. Las denominaciones de las instituciones (Diputación de Vizcaya), al igual que las de las asociaciones (Comités Antinucleares), aparecen en el mismo idioma en el que se escribían.

Quiero agradecer a los promotores de este proyecto, la Fundación Euskadi 2012, vinculada a la Consejería de Cultura del Gobierno vasco, y en particular a su secretario Mikel Toral y su gestor Pello Gutiérrez, la confianza que han depositado en mí para redactar Euskadi en duelo, así como la libertad creativa que desde el primer momento he disfrutado. Para mí ha sido un auténtico placer tener la oportunidad de trabajar con dos excelentes profesionales: el fotógrafo Mikel Alonso y el diseñador Íñigo Ordozgoiti. Debo, asimismo, reconocer el apoyo que siempre me brinda mi familia y amigos, sin los cuales no hubiera podido tener la tranquilidad y la alegría suficiente para acometer mis investigaciones. Gaizka Fernández Soldevilla y Barbara van der Leeuw han hecho, como siempre, una impagable lectura crítica del primer borrador. Su ayuda no se amortiza simplemente dándoles las gracias. Varios pasajes de este libro están inspirados en seminarios y conversaciones informales que durante los últimos años se han desarrollado en el Departamento de Historia Contemporánea de la UPV-EHU, sobre todo entre los integrantes del grupo de investigación dirigido por Luis Castells al que pertenezco: el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda.

Muy especialmente le dedico estas páginas a mi compañera Barbara y a nuestro kleine pinda, por los días en Texel y por ese tímido y maravilloso sol holandés que apareció cuando más lo deseamos.

Bilbao, Belfast y Hontoria de Valderados, julio de 2012

Doctor en Historia Contemporánea e investigador del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, de la Universidad del País Vasco. Ha escrito varios ensayos sobre el pasado reciente de Euskadi desde y para el llamado ‘mundo académico’. Puntualmente también colabora con la prensa periódica (El Correo, Hika), y actualmente también con eldiarionorte.es a modo de divulgación científica, que es con lo que disfruta cada vez más. En la actualidad colabora en el Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo.

AQUI PUEDES DESCARGAR O VISUALIZAR EL LIBRO:

Euskadi en duelo. La central nuclear de Lemoiz como símbolo de la transición vasca

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