Los sanitarios no son héroes…

Miércoles, 25 de Marzo. Vamos, creo, por el día 11 de confinamiento.

Sinceramente, no me da la gana de callarme ante la ola de autoritarismo militar y policial que nos están imponiendo, con muy poca protesta de la población, todo hay que decirlo.
Militares y policías, bajo el mando de Marlaska, el ministro del PSOE-GAL y encubridor de torturadores, pretenden ser los protagonistas de la gestión de la pandemia. Pretenden controlar a la ciudadanía como rebaño, y no como colectivo pensante y actuante. En realidad, las instituciones usan la fuerza a fin de fagocitar toda iniciativa popular que no obedezca sus órdenes.
En este contexto, la presencia cada vez más evidente del ejército en la vida cotidiana, es otra vuelta de tuerca más en una peligrosa deriva autoritaria.
Las ruedas de prensa cada vez se parecen más a un parte de guerra, con un uso abusivo y fuera de lugar de la jerga militar, contundente y agresiva. Ya está bien de tanto lenguaje cuartelero en relación con el coronavirus. Ya es hora de poner coto a la presencia militar en todas partes, por ejemplo, ¿ por qué tienen que aparecer tres generales y un sólo representante científico en las diarias comparecencias en televisión?
Los generales hablan de “espíritu de servicio”, “virtudes militares”, “sin novedad en el frente “y todas esas sandeces militares, concluyendo con un estúpido “todos somos soldados”.
Mire usted, general, no, no somos sus soldados, esto no es una guerra, no la tratemos como tal. Esto es una catástrofe, una gravísima crisis sanitaria que requiere de drásticas medidas pero que, ni necesita la retórica bélica, ni requiere de la participación de las fuerzas armadas que legitimen y blanqueen su preparación y formación, que no es otra que la guerra. Esto es una pandemia, no una guerra. Somos ciudadanos, no soldados.
Somos responsables, no se trata de ser obedientes. Somos solidarios, no es cuestión de patrias.
La militarización de esta crisis se produce no sólo en el estado español, también lo hace en Italia y en Francia, y en este sentido, creo que vale la pena leer estas líneas:

“NO ESTAMOS EN GUERRA ni tenemos que estarlo

Es interesante constatar hasta qué punto no sabemos enfrentar cada acontecimiento sino a través del prisma de la defensa y la dominación.
Las medidas decretadas ayer tarde por nuestro gobierno son, de acuerdo con mi sensibilidad de médico, totalmente adecuadas. Por el contrario, el efecto de anuncio que las han acompañado lo es mucho menos. No estamos en guerra ni tenemos que estarlo.
No necesitamos de una sistemática idea de lucha para ser competentes. La ambición firme de un servicio a la vida basta.
No hay enemigo.

Hay otro organismo viviente en pleno flujo migratorio y debemos detenernos para que nuestras corrientes respectivas no se choquen demasiado.
Estamos en el paso de peatones y el semáforo está en rojo para nosotros.
Sin duda habrá, a nuestra escala humana millonaria, recorridos fuera del paso de cebra y accidentes que serán dolorosos.
Siempre lo son.
Pero no hay guerra.
Las formas de vida que no sirven a nuestros intereses (¿y quién puede decirlo?) no son nuestros enemigos.
Se trata de una enésima ocasión de darnos cuenta de que el humano no es la única fuerza en este planeta y que debe a veces -¡cuántas! – hacer lugar a otros.
No tiene ningún interés vivirlo en un mundo conflictivo o competitivo.
Nuestro cuerpo y nuestra inmunidad aman la verdad y la PAZ.
No estamos en guerra ni tenemos que estarlo para ser eficaces. No estamos movilizados por las armas sino por la inteligencia de lo vivo que nos fuerza a la pausa.
De manera excepcional, hemos sido obligados a hacernos a un lado, a dejar sitio.
No es una guerra, es una enseñanza: la de la humildad, la interrelación y la solidaridad.
– Sophie Mainguy, médico especialista en urgencias (París)”.

 

Ya llevamos 12 días oficiales de confinamiento, hoy, jueves, 26 de Marzo.

… Y esta noche, una vez más, tampoco voy a salir a las ocho a mi terraza a aplaudir al  personal sanitario.
Y me explico…
En primer lugar, estoy más que harto de las coacciones de los medios y de tantos vecinos presionando para imponer lo que hay que hacer o dejar de hacer. Hay demasiada gente que cumple con el ritual de salir a aplaudir, pero que luego no mueve un dedo por nada ni por nadie, viviendo en sus mundos burbuja de mierda, desde donde se dedican a policiar las vidas ajenas. Vecinos delatando a otros vecinos por no asomarse a ventanas y balcones a aplaudir al personal sanitario. Pareciera que es obligatorio aplaudir cada tarde,  como antes lo fue ir a misa los domingos.
Creo que no todo es “buen rollo” de balcón, sino que hay mucha interesada manipulación de las emociones, convirtiendo un gesto de solidaridad en una celebración tribal.
No se me entienda mal, me parece estupendo aplaudir a los sanitarios, ejercer la solidaridad con estas personas que están dando todo por esta sociedad. Pero la repetición diaria de un mantra de aplausos, repitiendo consignas, frases y hasta canciones, desvirtúa el objetivo inicial de visibilizar la solidaridad. Creo que todos esos bonitos gestos, están tejiendo, de forma intencionada por parte del poder y de los medios, una espesa cortina detrás de la cual se elimina la posibilidad de reflexionar, cuestionar e indagar.
Los sanitarios no son héroes… o no sólo ellos y ellas. Hacen lo que tienen que hacer, lo que saben hacer, ponen en práctica lo que estudiaron para hacer, eso sí, con una entrega total digna de elogio. Quizá, saldría a aplaudir, cuando aplaudamos también a las trabajadoras del hogar, inmigrantes en su mayoría, que se han vuelto a quedar fuera de los derechos laborales mínimos, y que (como dice la formadora feminista Irantzu Varela), “sostienen la vida que el personal sanitario salva”. Quizá saldría, cuando se aplauda también a las cajeras de los supermercados, a las limpiadoras, a los transportistas, a los sin techo, a las personas expulsadas de los CIEs, a los manteros abandonados, a los viejos que mueren solos …
Además, en segundo lugar, me produce un rechazo visceral el hecho de que ahora, las derechas que hundieron la sanidad pública, aplaudan de forma tan entusiasta. Con el mantra del heroísmo sanitario se está romantizando una gravísima precariedad asistencial debida al colapso del sistema que obliga al personal sanitario a trabajar de forma muy peligrosa. Me parece una trampa que, cada vez que un colectivo es víctima de una injusticia, la sociedad sea manipulada para convertirlo en héroes, sin cuestionar lo que les obliga a esas heroicidades. Es el truco neoliberal, la ideología que ha arruinado la sanidad pública, para ocultar sus políticas de recortes y privatizaciones, apelando a los sentimientos para impedir razonar. Esta mística emocional del capitalismo, es capaz de convertir en emociones sus propios desmanes y abusos.

Y para esta gigantesca operación de ocultamiento, el sistema cuenta con muchos de esos entusiastas que aplauden, pero que votan a partidos que destrozaron la sanidad pública.
Porque el injusto sistema actual, no existiría sin su complicidad y participación en él.
Por último, quisiera aportar unas líneas publicadas al respecto en La voz del sur: “Entre aplauso y aplauso a los sanitarios, cajeras o limpiadoras, poco o nada se ha publicado de sus condiciones de vida, de los contratos de días que van emparedando o de los sueldos de mierda que cobran todos los trabajadores que, de precarios que son, no tienen derecho ni a hacer cuarentena porque son la base fundamental sobre la que se sostiene nuestra vida, aunque el sistema se lo paga con relegarlos a la cola de importancia social.
No he visto ni un solo cartel en redes sociales que pida la subida del sueldo de las enfermeras, médicos, limpiadoras o cajeras de supermercados; no he visto un solo cartel, ni una sola noticia, que explique cómo tiene la espalda y las manos una cajera de supermercado con 45 años después de toda una vida de movimientos repetitivos; nada se ha dicho de que muchas de las auxiliares de ayuda a domicilio, a las que les pagan 4 y 5 euros la hora por cuidar ancianos y personas dependientes, tienen salarios por debajo de los 600 euros al mes, contratos de 25 horas semanales y con jornadas partidas de mañana y tarde.
Con tanto aplauso hemos conseguido ensordecer cómo a base de recortes, de reducir el Estado a la mínima expresión y de expulsar a los márgenes a los trabajadores de cuidados han llevado al límite nuestro Estado del Bienestar… ”
Y finalmente quiero expresar mi total acuerdo con las reflexiones finales de Raúl Solís, el autor del que hablo….
“Por todo ello… hoy tampoco voy a salir a aplaudir a los sanitarios y a todos los trabajadores que están sacándonos a pulso de esta crisis brutal que nos ha hecho recordar que somos una sociedad vulnerable y que el individualísimo es igual a muerte.
No los voy aplaudir no porque no sienta que no se lo merecen, sino porque creo que en el fondo estamos haciéndole un mal favor al convertirlos en héroes o jaleándolos como si fueran atletas en un maratón, cuando son precarios, víctimas de un sistema que tendremos que cambiar en cuanto dejemos de aplaudir. Cuando nos pongamos a ellos veremos que los informativos que son programas de entretenimiento les dedicarán mucho menos espacio a las demandas de una vida digna de los sanitarios, cajeras, limpiadoras, auxiliares de ayuda a domicilio o transportistas. Ojalá salgan mucha gente a aplaudirles, pero yo no saldré. No soy capaz”.

 

Día 13 de la cuarentena oficial. Viernes, 27 de Marzo.

” Europa fue un bonito sueño pero ya se acabó ” (Costa Gavras.- cineasta griego)
La Unión Europea no defrauda… en todas las crisis siempre falla a la ciudadanía. En esta crisis de la pandemia del coronavirus, ¿por qué Europa, con su colosal aparato administrativo y técnico, no ha hecho nada para prevenir y coordinar su contención? ¿Por qué no se ha preocupado de poner en marcha de inmediato un plan de producción común de recursos sanitarios elementales?
Incluso en esta situación, una de las más dramáticas desde el nacimiento de la UE, ésta se muestra absolutamente distante de sus ciudadanos. Sólo es un club de mercaderes, una gigantesca e inoperante entidad burocrática incapaz de intervenciones solidarias.
Pero, cuando quiere y le interesa, la UE sí que es capaz de acciones concretas y coordinadas. Así lo hizo, por ejemplo, para imponer sus planes de austeridad y castigar a la desobediente Grecia. Así lo hace para alimentar guerras en sus zonas de interés.
Tampoco ha dudado en aplicar su política miserable contra refugiados e inmigrantes, donde ahora, por ejemplo, no existe ningún plan para combatir la pandemia en los campos de concentración de refugiados.
Hoy, una vez más, la UE está superada por los acontecimientos que la han sorprendido en franco proceso de descomposición. En efecto, cuando se recibe que el mensaje que envían los mandatarios europeos ante la pandemia es un “sálvese quien pueda”, queda claro que la UE, como sujeto político, hace tiempo dejó de existir.
Ante los pedidos de ayuda que ha emitido la Europa más pobre, la del Sur, específicamente, Bélgica, Francia, España, Italia, Portugal, Grecia, Irlanda y Eslovenia, la Europa rica del Norte, principalmente Países Bajos, Alemania, Austria y Finlandia, han respondido con un rotundo NO. Han rechazado los “coronabonos”. Ni coronabonos, ni fondo de rescates, nada de emitir deuda común, ni nada que se le parezca. Lo único que la UE ha tenido que aceptar, es que los países afectados incumplan el techo de gasto impuesto en su momento, lo que sólo es reconocer una realidad que ya se estaba
ejerciendo debido al colapso económico europeo.
Nos vendieron ya hace tiempo una Europa que nos iba a ofrecer progreso, modernidad, bienestar y el respeto a los derechos humanos. Muchas personas se ilusionaron de verdad con esta perspectiva de trascender a los países soberanos e integrarse en algo mayor, más grande. Nos vendieron una Europa preocupada por lo social, por el bienestar de todas y todos.
El despertar ha sido gradual, pero implacable. Se constata desde hace tiempo que sufrimos una UE babélica, inoperativa, autoritaria y profundamente insolidaria. Una “Europa de los Mercaderes” que nunca fue una “Europa de los Ciudadanos”, incapaz de despertar ningún orgullo de identidad o sentido de pertenencia. Una UE pusilánime, tibia e hipócrita.

La UE tiene un alma capitalista y neoliberal. La coalición de intereses de multinacionales, grandes empresarios, banqueros y políticos, son los pilares de la UE y forman la base de sus tratados fundacionales. Las políticas austericidas de 2008, 2011 y 2012 de las cuales seguimos pagando sus nefastas consecuencias, las privatizaciones, la supremacía de las finanzas y de las empresas sobre los Estados, la destrucción del estado social, el incremento imparable de la miseria y la desigualdad… todo ello sólo puede desembocar en la desaparición de la UE, que se degenera y se desintegra a pasos agigantados, sin ni siquiera disimularlo.
La insolidaridad de la UE ha llegado demasiado lejos, y poco a poco, los países miembros la abandonarán, siguiendo los pasos de Gran Bretaña. Los movimientos anti UE avanzan de forma inexorable en su lucha para acabar con la farsa de una Europa Unida que nunca existió. Su fracaso en la gestión de la actual pandemia, posiblemente sea un golpe mortal.
Sólo cabe esperar que esta Unión Europea, no sea substituida por una Europa de los Estados, sino por una Europa de los Pueblos, aunque aún suene a utopía

 

Hoy es día 15 de la cuarentena (ayer no escribí). Estamos a domingo, 29 de Marzo.

Los viejitos y viejitas que hoy están muriendo por el coronavirus, solos, en residencias y hospitales, sin poder despedirse de sus seres queridos, son los niños y las niñas que nacieron entre bombas, tanques y cartillas de racionamiento. Son los niños y niñas de la guerra y de la postguerra quienes nos están dejando hoy. Vinieron al mundo en medio de la guerra civil, y se van de él en medio de una pandemia.
Recuerdo una estrofa de un viejo tango argentino que más o menos decía: “… en la calle de la noche de mi vida, el cariño de mi viejita adorada fue como luz de farol…” ¡ No dejemos que esa luz se apague tan triste y calladamente !
Somos muchas las personas que estamos preocupadas por el protocolo que se está siguiendo con respecto a las personas mayores con respecto a su ingreso o no en las UCI (Unidad de Cuidados Intensivos). Este protocolo ha sido diseñado y está siendo implementado por el Grupo de Trabajo de Bioética de la SEMICYUC, la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias.
También están denunciando algunos aspectos de ese Protocolo ante el Defensor del Pueblo y la Fiscalía General del Estado , entidades como Help Age Internacional España, el CERMI, la Fundación Grandes Amigos y la Fundación Planes para la Autonomía Personal.
Estas entidades constatan que la escasez de recursos en los servicios de atención a las personas mayores, está causando que se estén incumpliendo los protocolos de actuación en residencias, ayuda a domicilio y en el acceso a las UCI. Pero esta falta de recursos no puede justificar determinadas actuaciones que atentan contra los derechos humanos de las personas y los principios fundamentales de la bioética.
Una de las críticas se refiere a que la discriminación por el factor de la edad resulta inhumano, y demuestra una insensibilidad e insolidaridad hacia un grupo de población muy vulnerable. No se pueden admitir estas actuaciones, en vez de regirse por criterios clínicos y otras circunstancias vitales de las personas, con independencia de la edad.
Otra de las denuncias, que particularmente me ha impactado más, es la adopción del criterio del “valor social “del paciente, y que, como tal, figura en el Protocolo en el punto 23: “Tener en cuenta el valor social de la persona enferma.” Pues bien, muchas personas y entidades exigimos saber en qué se basa el VALOR SOCIAL de la persona aplicado en las “Recomendaciones éticas para la toma de decisiones en situación excepcional de crisis por pandemia COVID19 en las unidades de cuidados intensivos.”
Me pregunto ¿ Qué VALOR SOCIAL se debe tener para el derecho a la UCI? ¿A quién vamos a considerar “desechable” y sin “valor social”? ¿Quién o quienes lo deciden, y en base a qué? ¿Qué población vamos a eliminar? ¿Qué humanidad es la nuestra que es capaz de dejar en manos de los médicos a quien se debe salvar y a quien no.? ¿Cómo pueden establecerse esos criterios? ¿Quiénes se creen que son esos médicos para jugar a ser Dios y decidir sobre la vida y la muerte? Después de los viejos y las personas con patologías, ¿a quienes más discriminarán? ¿a los discapacitados? ¿a los sin techo?
Juzgar el valor social de una persona, es juzgar el impacto que su vida ha tenido, tiene y tendrá en todos los que de alguna manera están tocados por su existencia… Conecta con la ternura, el sostén, el amor reflejado en el cuidado, el placer de las pequeñas cosas, de las cosas sin precio, los afectos, el mimo, el regalo de los sentidos… Duele demasiado ver que hoy, la valía de cada ser, su “valor social”, puede perderse con una decisión médica.
Duele demasiado la banalización de la crueldad y la deshumanización, bajo la capa exculpatoria del protocolo. Duele demasiado la urgencia de sentir que hay que justificar el “valor social “dé la persona para ser atendida en la UCI.
El “valor social” de una persona, no puede estar supeditado a la productividad, a sus cualidades técnicas, a su puesto en la sociedad, ni tampoco a una ambigua indefinición del propio término.
El valor social es intrínseco a cada persona y debe prevalecer sobre cualquier consideración técnica. Desde Hipócrates, por lo menos, los médicos se deben al milagro de la vida, sin excepciones. En caso de necesitarles, confío en que no traicionen su juramento hipocrático.

ALBERTO MARTINEZ LOPEZ

Ya estamos en “estado de alarma” (Diario de cuarentena…)

 

” Para controlar a un pueblo hay que conocer su miedo y es evidente que el primer miedo de cada individuo es estar en peligro mortal. Una vez que el ser humano se hace esclavo de su miedo, es fácil hacerle creer que el papá Estado estará listo para salvarlo.”
( George Orwell, 1984)

Día 2 de la cuarentena. Ya estamos en “estado de alarma”. Y más me alarma el ver en la última comparecencia oficial a un general y a los jefes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil con medallas hasta el ombligo. Hemos asistido a un discurso nacionalista ( nacionalismo español que también existe), militarizado y autoritario. El gobierno da una sensación de miedo y amenaza, no de tener una política efectiva para frenar el virus. El gobierno no conoce otro lenguaje que el del autoritarismo. Se aprovecha de la situación para reforzar su poder y justificar su monopolio de la fuerza. El paso de hacer “agentes de autoridad” a los militares y darles el poder de dar órdenes a los civiles, va en ese sentido.
El gobierno es rápido para ejercer control social y buscar la sumisión ciudadana, pero no parece tener idea para enfrentarse a este crisis.
Se están produciendo denuncias de que el gobierno con la excusa de la gestión de esta situación de emergencia, pretende aprovecharse para introducir un conjunto de medidas de control de la población que, en otras circunstancias, parecerían inconcebibles.
También se denuncia que estas medidas también se dirigen a debilitar los vínculos comunitarios, las asociaciones ciudadanas, la contestación de la sociedad civil. No sólo se trata de controlar la enfermedad sino, también, de coartar y limitar los espacios de lo común.

Día 3.El coronavirus se burla de todas nuestras certezas. El miedo se expande, la economía se hunde, nuestro modelo de vida occidental se tambalea, el virus infecta cada vez a más gente… ¿Quién nos lo hubiera dicho hace sólo un mes?
Todo lo que nos está sucediendo, junto con la crisis climática, pone en evidencia la fragilidad de nuestro modelo de sociedad.
¿ Qué tal, si aprovechamos esta situación tan extraordinaria para parar un poco, ralentizarnos, pensar e imaginar? Para constatar que no es imposible reducir la contaminación. Poner fin al turismo depredador. Valorar los servicios públicos como algo esencial. Aprovechar esta crisis para reforzar e impulsar más el compartir tareas y cuidados. Tomar conciencia de nuestro potencial empático y colectivo para preservar la vida…
En fin, experimentar cómo podría ser una sociedad en decrecimiento… aunque sea de forma momentánea.

Día 4.Una de las cosas que hecho en falta al estar encerrado (yo llevo diez días antes por ser grupo de riesgo) es el contacto con las personas. El dar abrazos y besos. ¡Menos mal, que a las personas que me escriben, las veo sonreír en sus letras!
Por ello, a mis amigas y amigos del alma os dejo estas palabras de la linda canción Codo con Codo, que Jorge Drexler ha compuesto para la ocasión.
“Ya volverán los abrazos, los besos dados con calma; si te encuentras un amigo,salúdalo con el alma. Sonríe, tírale un beso desde lejos, sé cercano, no se toca el corazón solamente con la mano.
La paranoia y el miedo no son, ni serán el modo, de esta saldremos juntos, poniendo codo con codo.
Mírale a la gente a los ojos, demuéstrale que te importa,mantén a distancias largas tu amor de distancias cortas.
Si puedes, no te preocupes, con ocuparte ya alcanza, y deja que sea el amor el que incline la balanza.”
¡ Que sueñen bonito !

Día 5.En estos días de confinamiento me resulta casi sorprendente la cantidad de ciudadanos que asumen el papel de policías censores y demás chivatos del régimen. Asistimos al despertar del “policía interior”, del “inquisidor feroz” que muchas personas llevan dentro de sí.
Ejercen labores de vigilancia que no les competen, cuelgan fotos de la gente que sale a andar. No sólo la policía vigila que se cumplan las órdenes gubernamentales, también vigilan porteras, vecinos y moralistas espontáneos colaboran en la defensa del “buen ciudadano”.
Desde los balcones y terrazas de los edificios, una legión de inquisidores aéreos aburridos insultan a los infractores y los señalan a las fuerzas del orden, dando su opinión sobre las penas que deberían recaer en ellos. Es la envidia y la ira del obediente hacia el que no lo es.
Confieso que estos días me han hecho recordar los tiempos franquistas, donde “Todo lo que no estaba prohibido, era obligatorio.” Como entonces, vamos camino de no ver en la cale más que polis y militares por todas partes…. ¡y a una legión de ciudadanos de bien jaleándoles!
Claro que se puede estar de acuerdo con las medidas del gobierno, pero también se puede estar en desacuerdo y denunciarlo. Pero para muchas personas eso no es posible, no discuten la expresión de ideas diferentes a las suyas, las combaten con furia destructora. Esas personas creen que es inmoral e ilícito no estar de acuerdo con lo que dicen y hacen nuestros gobernantes, y, por lo que veo, han creado una especie de unidad de intervención contra disidentes.
Se trata del aflorar del pensamiento único y de la intolerancia, del servilismo voluntario para el cual esa gente ha sido programada.

Dia 6.Hoy he estado releyendo al sociólogo portugués Boaventura de Souza Santos, reflexionando sobre los sentimientos falsos sobre la seguridad en nuestros países.
Como él dice, las estructuras e instituciones de los estados europeos normalmente consiguen crear en sus poblaciones una extraña sensación de seguridad. Es cierto que siempre existe una cierta inseguridad, pero, normalmente, hay medios y recursos para minimizarla hasta cierto punto, ya sea atención médica, vigilancia policial, subsidios, pólizas de seguros, etc.
Incluso, este falso sentimiento de seguridad se combina con el de la arrogancia e incluso la condena con respecto a todos aquellos que se sienten victimizados por el sistema.
Pero, la realidad es que nuestras sociedades gozan de una seguridad muy frágil. La globalización capitalista, la deslocación de empresas, la gigantesca dispersión y diversificación de la economía, la red internacional de transportes, la interconexión económica y humana a escala planetaria, han aumentando enormemente la vulnerabilidad y fragilidad de las sociedades occidentales.
En este contexto se extiende la pandemia actual del coronavirus, mítico e incontrolable, a pesar de los esfuerzos por contenerlo. Una vez instalada la pandemia, llega el caos,la ruptura de la cotidianidad y el aislamiento impuesto. Tras el virus, aparece el shock, el miedo y la confusión. El brote viral interrumpe la falsa sensación de seguridad que se evapora de la noche a la mañana. La pandemia crea una especie de conciencia de comunión planetaria de miedo e inseguridad, haciendo honor a la etimología del término
“pandemia” que significa “todo el pueblo”. La tragedia es que, en este caso, la defensa pasa por aislarnos unos de otros y ni siquiera tocarnos. Es una extraña comunión de destinos. ¿No serán posible otras?

Día 8. ( Domingo, 22 de Marzo)
Ayer no anoté nada en esta especie de diario. Hoy después de una selección, he decidido simplemente, transcribir un texto de Ramón Barea. Me ha parecido muy oportuno y certero en su análisis. Creo que merece la pena leerlo.
“Resulta que ahora, dicen los titulares, hemos descubierto gracias al coronavirus que el ser humano solo puede sobrevivir gracias a la ayuda colectiva. Pero yo me pregunto, ¿lo descubrimos con la pandemia del sida en los años 80 y 90? Pues ya os digo yo que no, porque eso era cosa de maricones, de putas y drogadictos.
¿Aprendimos algo con la epidemia de Ébola en 2016? Qué va, eso era para negros y para los que se metían en países que no debían. ¿Salimos a los balcones a aplaudir por los afectados de la crisis económica de 2008? ¿Para qué? Eso era asunto de pobres.
No nos engañemos, hemos descubierto la colectividad solo porque esta enfermedad ha golpeado de lleno a la crème de la crème de Occidente -todo eran risas cuando causaba estragos en China, ¿verdad?
Y, precisamente, por la democratización del virus hemos visto como cae el rico, el blanco, el hetero y el de la derechita cobarde. Así que, de pronto, nos hemos visto amenazados y, de forma automática, se han puesto en marcha todos los mecanismos para salvaguardarnos.
Así que hemos descubierto esa supuesta colectividad solo porque somos una enorme cabeza neoliberal que se mueve al unísono y, si se toca uno de sus componentes, se derrumba la pirámide entera. No, hijos míos, esto no es solidaridad colectiva. Es miedo.
Sí, la verdad sea dicha: nos hemos unido porque estamos cagados. Porque con esto no solo pueden morir negros, maricones, inmigrantes o pobres. Y porque, en realidad, nunca pensábamos que esto nos tocaría a nosotros, punta de la pirámide del privilegio.
Hemos creado esta cadena de unión internacional porque encima de todo no hay ningún colectivo al que culpabilizar y, ante la falta de cabezas de turco, nos hacemos arrumacos psicológicos y nos consolarnos unos a otros con resignación sin poder echar mierda por la boca.
Lo único que me gustaría es que esta crisis nos sirva para hacernos reflexionar, y no solo para montar festivales musicales en los balcones, tan necesarios para no darnos tiempo a pensar. Si esto puede servir para algo, que sea para que, cuando salgamos de esta, dejemos de hacer burda ostentación de nuestros privilegios occidentales y miremos un poquito más hacia los márgenes. Nos hemos unido porque estamos cagados”.
(Ramon Barea)

Martes, 24 de Marzo. Día no se cual de la cuarentena, creo que el 10, o así.
Mucho se habla estos días de lo concienciados que estaremos sobre la importancia de la sanidad pública cuando todo esto termine. Sobre los valores humanos que estamos desarrollando. Sobre las lecciones que vamos a aprender de esta experiencia. De cómo todo va a cambiar en el mundo.
Lo siento, pero lo cierto es que lo dudo mucho. Nuestra memoria colectiva es muy pobre, siempre lo ha sido y siempre lo será.
Alguna pequeña parte de la población podrá recapacitar y quizá variar sus hábitos. Otra parte se enmendará un breve espacio de tiempo, pero luego se olvidará de todo y retomará su forma anterior de actuar. Y la inmensa mayoría, simplemente volverá a actuar como siempre y no entenderán nada de lo que está ocurriendo.
En el fondo no va a cambiar nada… ¡ por ahora! y hasta que no quede más remedio. El ser humano necesita muchos golpes para aprender, y a un coste bestial. Depende de cuanto dure la experiencia y de cuanta gente muera.
En algunos sectores y personas podrán ocurrir cambios a mejor, que acerquen a experiencias comunitarias y de solidaridad. Pero, también habrá reacciones de volver al viejo modelo. Se seguirán cerrando nuestras fronteras a los que sufren e intentan llegar hasta aquí. Seguiremos confinando a seres humanos en cárceles por ser “ilegales”.
Continuaremos alimentando nuestro eurocentrismo como si jamás hubiéramos necesitado ayuda.
Después del coronavirus, ni la mayoría de las personas hará una transformación moral, ni se acabará de golpe el capitalismo, pues el poder económico y sus aliados políticos intentarán restablecer el sistema y salvaguardar sus expolios y sus privilegios… aunque sea a medio plazo.
En cuanto al apoyo a lo público, a lo común, la gente no va a ser constante. Como he leído hace unos días, las personas y la sociedad no aprendió nada de anteriores experiencias. No se aprendió de la pandemia del SIDA en las décadas 80-90… porque era cosa de maricones, putas y drogadictos. Tampoco se aprendió nada del Ébola en 2016, porque era lejos, cosa de negros y de gente que se metía en países que no debían.
Tampoco se aprendió de la crisis económica del 2008, cosa de pobres. ¿Si las lecciones anteriores no fueron aprendidas, ¿por qué ahora sí?
Las declaraciones de los políticos de que todo volverá a la normalidad, esconden el hecho de que la normalidad era el problema.
Dicen ahora que gracias al coronavirus hemos descubierto que el ser humano sólo puede sobrevivir gracias a la ayuda colectiva. No nos engañemos, hemos descubierto el valor de la colectividad no por convencimiento sino por miedo, porque el virus ha golpeado a Occidente, a pobres y ricos, al hetero y al homo.
Además, muchas personas, sí cambiarán… ¡pero a peor! En esta tormenta perfecta,muchos se están acostumbrando al miedo y a la precariedad, a no confiar en sí mismos y sí en el Estado todopoderoso. Por eso aceptan el autoritarismo, el estado policial y crecientemente militarizado. Aceptan que controlen sus vidas y que sus movimientos sean controlados y restringidos. Incorporan esta regresión, incluso actuando como policías represores contra sus vecinos, contra cualquier disidencia.
Creo que sólo rebelándose contra este estado de cosas, se podrá avanzar. La única esperanza pasa por el conflicto y la confrontación con el sistema. La esperanza reposará en aquellas personas y colectivos que no se sometan ni al miedo ni a las consignas del poder; que comprendan que la normalidad es el problema, que las crisis seguirán y que hay que estar preparados para superar este sistema, por desobedecer siempre.

ALBERTO MARTINEZ LOPEZ