FASCISMO, RACISMO Y GENOCIDIO COMO PARTE INTEGRANTE DE LAS DEMOCRACIAS OCCIDENTALES.

En casi todo el mundo el neoliberalismo impone sus normas aunque cada vez con más rebeldía a sus dictados. Pero se sigue proclamando el poder del capital y del llamado libre mercado. Tras estos conceptos se esconde un sistema oligopólico, dotado de formas de planificaciones extensas y poderosas. La actual forma de sociedad democrática permite un elevado grado de explotación de la fuerza de trabajo y es capaz de poner en acción mecanismos de vigilancia y control muy sofisticados.

Sin embargo, el neoliberalismo siempre ha tratado de envolver el abuso y explotación del capitalismo en un halo de democracia. En este contexto siempre ha dicho que, en el pasado, los regímenes francamente totalitarios, o no serían capitalistas, en el caso soviético, o, en el caso de los fascismos, impedían el normal funcionamiento de los mecanismos económicos por su sed de poder.

Pero, en lo que respecta a los regímenes de tipo soviético, mantuvieron y reforzaron las relaciones de trabajo capitalistas y el sistema de organización de empresas. La Unión Soviética y los países de su esfera de influencia demostraron en la práctica la posibilidad de conjugar diferentes sistemas de propiedad en el interior del capitalismo.

Fascismos y Nazismo nacidos de las democracias.

En cuanto a los fascismos se integraron plenamente en la lógica capitalista, y la organización corporativa de los sectores de actividad económica nunca fue contradictoria con el viejo liberalismo. Fueron las democracias las que levantaron toda suerte de mecanismos de represión y control de las clases trabajadoras, en efecto, muchos países y durante mucho tiempo prohibieron la asociación de los trabajadores y todo tipo de reclamaciones, las brutales represiones de las protestas fueron una constante en las democracias. Este tipo de organización social, fruto directo del capitalismo democrático, fueron sistematizados por los fascismos y llevados a sus últimas consecuencias.

El llevar dentro de sí las semillas fascistas, hizo y en cierta medida hace que las llamadas democracias occidentales nunca han sido ni son capaces de enfrentar eficazmente al fascismo antes de que se haga necesaria una guerra. Occidente después de la segunda guerra mundial intentó ocultar sus huellas. Los mecanismos de censura, tanto los oficiales como los ocultos, impidieron o dificultaron en los últimos cuarenta o cincuenta años la difusión de las teorías políticas y económicas de fascismos y nazismos, disfrazando este control como una medida progresista. Las democracias derrotaron los fascismos (no todos ellos) militarmente, pero fueron y continúan siendo incapaces de desmontarlos o destruirlos simbólicamente. Por eso el fascismo sigue existiendo y últimamente con más fuerza en Occidente, diluyéndose en la vida cotidiana en sus formas más amables o soterradas, o bien apareciendo más escandalosamente en las elecciones o en las manifestaciones de violencia contra grupos objeto de su ira. Lamentablemente la idea preeminente, sobre todo en Europa, ha sido y es el encontrar una forma de “convivir” con el fascismo, ya que el hacerle frente de forma total y decidida supondría plantarle cara al fascismo existente en el mismo seno de las democracias.

En efecto las democracias siempre han actuado por un lado para mantener a los pueblos en la indiferencia política, exacerbando los sentimientos más egoístas y estimulando la insolidaridad social. Han rodeado al sistema de una maraña ininteligible de leyes de todo tipo que siempre protegen a los poderosos. El pueblo es apartado de las decisiones haciendo opaco al sistema con sus legiones de tecnócratas. Como se suele decir, y salvando las diferencias existentes, el sistema capitalista de la democracia representativa, ha secuestrado la verdadera democracia y la encierra en los respectivos Parlamentos.

Por último, tenemos la “gran fiesta de la democracia”. Es cierto que en muchas sociedades se eligen listas abiertas, y en otras listas cerradas, pero en ambos casos el control ciudadano del poder político es nulo en muchos casos y harto limitado en otros. Las nociones de soberanía popular y de representatividad de los elegidos se han manipulado constantemente. Según muchas corrientes de opinión, el poder, o se tiene, o no se tiene, y delegarlo es perderlo. En las democracias capitalistas, el sufragio sólo es, en realidad, un ritual del fraude en el que, apenas se le dice a la población que ella es la depositaria del poder soberano, cuando públicamente tiene que renunciar a ese poder entregándolo en el voto. Y gracias a una especie de magia de la que sólo los políticos parecen poseer el secreto, ese poder, como un espíritu desencarnado, vuela hasta los elegidos. De este modo, el poder que la clase dirigente siempre poseyó es presentado como si procediese de una población que jamás lo tuvo. Por eso, la concepción fascista del jefe supremo como emanación de la voluntad colectiva de las masas, es muy parecida a la concepción de las democracias para las cuales el poder de los elegidos devendría de una delegación popular mediante el sufragio universal. Además, para que el poder pueda residir sólo en uno de los lados, sea un líder único o un Parlamento siempre domesticado, el otro lado, el pueblo o las masas, tiene que mantener a sus individuos recíprocamente aislados. En los fascismos, las masas sólo tienen razón de ser por la relación de cada uno de sus miembros con el líder. En las democracias capitalistas la universalidad del voto es precisamente la forma que mejor consigue la atomización de la población en el aislamiento individual. En efecto, para votar, las personas son apartadas de sus relaciones sociales, y el acto sólo será válido si refleja la reducción de cada individuo a las fronteras de su propia individualidad.

Así que, es dentro de los sistemas democráticos actuales, donde se generan las posturas fascistas y nazistas, son hijas del mismo sistema de acumulación, exclusión, poder y control.

 

Racismo y Genocidios de las Democracias.

 

Bastante antes de que los nazis, presentados como ejemplo de los genocidas, alcanzasen el poder, las democracias ya habían creado, desarrollado y aplicado un programa racista y genocida a nivel mundial. Este programa no sólo afirmaba la existencia de una jerarquía de capacidades mentales y físicas en consonancia con el color de la piel y los estratos sociales, sino que además realizaba una actividad selectiva de manera a orientar la evolución biológica. Se crearon una serie de teorías de superioridad racial, únicamente para aportar un basamento teórico-científico al más desenfrenado expolio y represión en los países del Sur.

En la segunda mitad del siglo XIX, se generalizó en los países europeos una versión en la que el racismo ya no era sólo cosa de pueblos atrasados, sino que también se refería a los habitantes de esos pueblos como atrasados e inferiores biológicamente hablando. Y el sustrato de esta teorización del racismo, intencionadamente o no, fue la obra de Darwin. Cuando este autor publicó el conocido “Viaje del Beagle”, queda patente en ella su desprecio por los pueblos “no civilizados”, pero explica la situación de ellos en términos estrictamente sociales. Sin embargo, cuando en 1874 Darwin publica la segunda edición ampliada, la perspectiva cambia radicalmente. La idea predominante se basa ahora en la inferioridad biológica de los pueblos que viven sin propiedades, y casi sin Estado. En ese mundo, cuando Darwin habla de las “jerarquías de raza” coloca a los Blancos como lo seres superiores. Los demás son inferiores en sus capacidades cerebrales. Y no sólo eso, Darwin también considera que es muy escasa la distancia que separa a los simios de muchos hombres de las razas inferiores, y por debajo de esos hombres subdesarrollados, todavía están sus mujeres.

Estas pseudo teorías darwinianas fueron aprovechadas por las potencias colonizadoras para dar sustrato teórico a sus genocidios y rapiñas. Cuando se asientan las guerras de conquista de los pueblos colonizados se acompaña, en la conciencia democrática europea, por la convicción de la inferioridad biológica de esos pueblos, sobre todo de los negros. Estas concepciones racistas se juzgaban necesarias para que los europeos justificaran la destrucción de las culturas no europeas, de sus modos de producción no capitalistas, el exterminio de muchos pueblos y el sometimiento, degradación y dependencia de los supervivientes.

Y en este contexto, se tornó fundamental el papel de organizaciones. A ejemplo del papel destructor de la Iglesia en América Latina, las “Sociedades de Geografía”, que proliferan a partir de la segunda mitad del siglo XIX, constituyeron la infraestructura pseudocientífica del nuevo tipo de colonialismo. Gracias a las expediciones (de científicos y misioneros), las campañas militares podían ser más devastadoras y se redoblaba la eficacia de la ocupación y explotación territorial. Al mismo tiempo la estrategia de rapiña y genocidio era justificada mediante la divulgación de las teorías racistas. En poco tiempo, y gracias a las Sociedades Geográficas, este conjunto de orientaciones se integró en una nueva disciplina académica, la “Geografía Política”, después denominada “Geopolítica”. La Geopolítica tanto en Europa como en Estados Unidos justificaba el colonialismo más brutal en la superioridad blanca en civilización, técnica y biología. Esta disciplina académica contribuiría más adelante a la formación del pensamiento de Hitler. Las enseñanzas del general y geógrafo Karl Haushofer formaron a gente como Rudolf Hess que influyó enormemente en Hitler.

Otra disciplina alimentadora de las teorías racistas de superioridad racial fue la “Eugenia” desarrollada en los regímenes democráticos, que participó decisivamente en la formación de los cuadros ideológicos del nazismo. Directo continuador de la obra de Darwin, su primo Francis Galton, fundador de la Eugenia, desarrolló el racismo en dos aspectos de gran importancia. Por un lado, consideró que en los pueblos, en todos los pueblos, también en los blancos, las élites de las clases dominantes serían seres superiores, social, física y mentalmente, y sus descendientes heredarían esas cualidades. Así la Eugenia justificaba el dominio de unos pueblos sobre otros y, en el interior de cada sociedad, el de una clase sobre las demás. Y no sólo eso, sino que se alentaba a los poderes a intervenir directamente en la evolución humana, por ejemplo mediante el condicionamiento de las uniones matrimoniales, la eliminación de taras, etc. La futura política racial nazi quedaba así trazada en sus líneas fundamentales. Fueron las democracias las que formularon un verdadero programa de genocidio social y racial, llevándolo a cabo de forma extensa en los países colonizados.

Basadas en las teorías de Darwin y Galton, las “Sociedades de Eugenia” proliferaron en los medios universitarios de las democracias europeas y norteamericanas, profundizando todavía más en el mensaje racista. Y ese racismo recibió su consagración oficial en el Derecho Internacional de las democracias, por ejemplo, cuando la Sociedad de Naciones (antecesora de las Naciones Unidas), fundada en 1919, se negó a introducir en sus estatutos una cláusula de igualdad racial, propuesta por Japón y China.

Por su parte, en Estados Unidos los eugenistas actuaron muy pronto contra la inmigración. Lograron que se aprobara en 1924 la “National Origins Quota Law” que fijaba los orígenes nacionales y raciales de las levas de inmigrantes con los criterios de orientar la composición étnica de la población norteamericana. Al mismo tiempo las Sociedades de Eugenia norteamericanas consiguieron campañas para la esterilización de varias categorías de enfermos mentales y de personas consideradas criminales o moralmente pervertidas. En la década de los años 30, Estados Unidos y algunas de las principales democracias europeas promulgaron leyes en este sentido.

 

Reflexiones finales.

 

Por todo ello, es preciso volver a insistir en varios hechos. Mucho antes de la eclosión de los diversos regímenes fascistas y nazistas, en el seno de las democracias occidentales ya se crearon y difundieron los gérmenes y programas de los totalitarismos, racismos y genocidios.

Como antecedentes de los totalitarismos, las democracias ya instauraron la supremacía de las élites de los poderosos, la represión sistemática de las luchas sociales, la inclusión de los enemigos del sistema como elementos inferiores a los cuales se les podía eliminar, degradar y excluir.

En el campo del racismo, las democracias crearon desde muy pronto un extenso y complejo programa racista. Este programa no sólo afirmaba la existencia de una jerarquía de capacidades mentales y físicas en consonancia con el color de la piel y los estratos sociales, sino que también, mediante normas legales, llevaba a cabo actuaciones para orientar la evolución biológica. El racismo nazi se distinguió del racismo democrático sólo desde el punto de vista administrativo, ya que era dentro de un marco altamente centralizado donde pretendía producir la “raza superior”, mientras que las democracias, articulando varios centros de poder, se proponía llegar al mismo objetivo por otros métodos. Y en cuanto a la ideología racista y sus objetivos, los proyectos de Hitler se enmarcaban legítimamente en el marco de la geopolítica y de la eugenia, contando por tanto con las más puras credenciales democráticas.

Por último y en cuanto a las formas atroces que ejercieron los nazis a la hora de aplicar sus programas racistas y el alcance de sus actos genocidas, quedaron muy por debajo en horror y alcance genocida de lo ejercido por las democracias en todos los pueblos colonizados por ellas. Es bien conocido el horror de los campos nazis de exterminio, pero las democracias cubren -todavía hoy- con un espeso velo sus propios genocidios, muy superiores en número y alcance. Ocultan la transformación de grandes territorios colonizados en puros campos de concentración, con la esclavización de millones de personas y el exterminio también de millones.  Si en la actualidad el sistema capitalista no puede sobrevivir sin la explotación y el robo a una mayoría de pueblos, entonces tampoco podía existir sin la explotación colonial. Y esta explotación era impuesta con una serie de atrocidades sistemáticas y un terrorismo de Estado. Democracia y terror colonial eran dos caras de una misma moneda. Sólo el empleo intensivo de variadas formas de crueldad, tanto los genocidios como la permanente humillación social, podían convertir, en el espacio de una generación, a poblaciones seguras de sí mismas, en una masa sumisa. En efecto, para asegurar la explotación colonial era indispensable desestructurar los sistemas sociales existentes en los países colonizados. Y esta tarea no se encomendó a la libre iniciativa de los colonos, sino que fue planificada y dirigida por los Estados y las Iglesias, la cruz y la espada. Se trataba, entre otras cosas, dejar a esos pueblos sin capacidad de comprender su presente, para poder robarles su presente y su futuro. Había que dejarlos desprovistos de su pasado y para ello los universitarios de las democracias negaron la dignidad de la Historia a todas las historias que no hubiesen conducido a la civilización europea.

Es casi imposible establecer un catálogo con los genocidios y crueldades de todo tipo que llevaron a cabo las democracias. Desde luego mataron bastante más personas que todas las víctimas del nazismo. Y practicaron todo tipo de crueldades en escala casi infinita.

Las democracias llevaron a la práctica uno de los programas racistas de explotación y exterminio más extensos y crueles de la historia. Lo que no se perdona al nazismo es que sus víctimas fuesen blancas.

IPAR HAIZEA TALDEA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s