HABLEMOS DE CORONAVIRUS. OTRA VEZ.

Hace casi siete meses que no hablo de coronavirus, ni de pandemias, ni de vacunas. Dije cuanto tenía que decir durante quince meses: entre febrero de 2020 y abril de 2021. Mis artículos de entonces (que siguen colgados en Facebook) se centraron en una defensa rotunda del método científico como principal herramienta del progreso humano, y en una lucha sin cuartel contra los negacionistas y antivacunas. Hasta 70.000 reproducciones se llegaron a realizar de algunos de esos escritos, y muchos fueron comentados en periódicos y televisiones de ámbito nacional. Pero aquello tuvo un coste para mi salud: insultos en Facebook y amenazas de muerte que tengo grabadas en mi teléfono móvil.

Bien. Tras estos siete meses de “silencio pandémico”, me pongo de nuevo la bata para opinar sobre varios temas importantes. Y quiero comenzar diciendo que he aprendido lo siguiente: es imposible que los cuatro millones de españoles negacionistas que quedan por vacunar puedan cambiar de opinión mediante el diálogo, el razonamiento y las pruebas. Y digo españoles como podría decir belgas o suecos. Son una roca. Son una secta. Nada les conmueve. Nada les hará mover un sólo dedo por su propia salud o por la salud del prójimo. Punto. Asumamos eso y pasemos a lo importante.

Que las vacunas y las mascarillas han sido la clave para el control de la pandemia, no admite discusión. Que hayamos dispuesto de test PCR a gran escala para el diagnóstico de casos y contactos, es otro avance de enjundia. Y que los científicos estén monitorizando continuamente al virus para secuenciar sus mutaciones casi en tiempo real…es un éxito de la ciencia tan sólo comparable a la llegada del Hombre a la Luna, a la mecánica de Newton o la relatividad general de Einstein.

Y precisamente por esto, por la constante vigilancia y secuenciación genómica del COVID19, los científicos detectan variantes víricas cada vez más adaptadas a los seres humanos, más capaces de pasar de persona a persona, más capaces de hacer enfermar al huésped, más capaces de reproducirse. En definitiva: variantes “más listas”.

Nada de sorprendente tiene semejante fenómeno para cualquiera con estudios básicos: es la adaptación y evolución de las especies que Darwin describió hace siglo y medio, y que vale para una vaca, para una higuera o para un microbio. Los mejores adaptados, los más fuertes, los más inteligentes, los más hábiles, los más sensatos, serán quienes acaben imponiéndose a sus congéneres y transmitiendo su herencia genética hacia el futuro. Esa certeza científica, a día de hoy, sólo la niegan ciertos grupos ultra-religiosos y ciertos terraplanistas. Pero que la Naturaleza opte por la selección natural de los más inteligentes es algo formidable: le da a uno esperanzas sobre el negro futuro que les aguarda a los negacionistas.

La lucha contra el coronavirus, por tanto, no es un asunto de meses, ni de un par de años. Ni hemos vencido al virus, ni hay perspectiva inmediata de vencerlo. Sólo de contenerlo con tres medidas combinadas: prudencia social, mascarillas y vacunas. Siempre vacunas.

Es más: tenemos la certeza de que otra nueva ola de gran impacto mundial está creciendo rápidamente en las gráficas de casos. Es una ola similar a la primera y a la tercera, aunque con cinco diferencias básicas:

(1)nos pilla con papel higiénico en casa;

(2) en los hospitales y consultorios ya no hay que protegerse con bolsas de la basura;

(3) Fernando Simón ha ido a la peluquería;

(4) los españoles y los portugueses tenemos las tasas de vacunación más altas del mundo;

y (5) la principal cepa responsable será una variante nueva procedente del sur de África, con mutaciones que la hacen más contagiosa: la cepa “ómicron”.

Bien. Ésta es la realidad que nos aguarda entre diciembre de 2021 y finales de marzo de 2022, hasta que las nuevas vacunas que se están fabricando (adaptadas a la nueva cepa) produzcan su efecto. Ya no hay duda. Vecinos en tan buena situación vacunal y epidemiológica como nosotros (Portugal) están tomando decisiones vitales y sensatas.

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Por no hablar de Alemania, Austria, etcétera, donde los antivacunas han conseguido joder a sus países a base de bien.

Que España sea un líder de vacunación anti-COVID es un mérito del Gobierno central y de las Comunidades Autónomas. Pero, sobre todo, es un mérito de los profesionales sanitarios y de la población en su conjunto, y una muestra de que 40 millones de sensatos-solidarios pueden más que 4 millones de imbéciles-insolidarios.

Ya es hora, digo yo, de que a los 40 millones de sensatos se nos dé un respiro, una especie de premio a nuestra solidaridad. Porque, aunque ellos no lo sepan, muchísimos de esos 4 millones de antivacunas y negacionistas nos deben la vida (literalmente) a esos otros 40 millones que, cumpliendo con nuestro deber, ya llevamos una, dos, o hasta tres dosis de vacuna en nuestro cuerpo.

No sólo los no vacunados tienen derechos. También los tenemos los vacunados. Nadie dudaría del derecho de cualquiera a fumarse un cigarrillo, o un cartón en media hora. Como nadie dudaría de que ese derecho a fumar acaba cuando entras en un avión, en un supermercado, en un Centro de Salud o en la planta de Neonatología.

Yo no creo que la vacunación obligatoria sea la solución a este problema del COVID, como no es la solución del tabaquismo prohibir el comercio legal del tabaco. Pero creo que, sin discutir con esa minoría antivacunas ni intentar eliminar su delirio paranoide, hay que ponérselo tan difícil como sea legalmente posible. Por ejemplo:

1-De tenernos que confinar otra vez… ¿por qué no sólo confinar a los no vacunados, que son quienes, con mayor probabilidad estadística (1) pueden enfermar gravemente; (2) pueden ocupar un recurso de la UCI; (3) pueden actuar como portadores crónicos; (4) pueden contagiar más fácilmente a los demás?

2-Si hay restricciones de movilidad entre provincias, o entre ciudades, o entre comunidades autónomas… ¿por qué no las implantamos sólo para los no vacunados? ¿No se les exige ya la vacuna para viajar al extranjero? ¿Por qué no para moverse en el interior de España?

3-Si son necesarios cierres de bares, discotecas, etcétera… ¿por qué joder completamente al empresario, pudiendo evitar tan sólo el paso a los no vacunados?

4-Si en los hospitales y Centros de Salud estamos en riesgo continuo de contagiarnos con los pacientes que acuden… ¿por qué demonios se tolera la presencia de funcionarios públicos sin vacunar, y de cara al público? ¿No existen dos sentidos para el contagio? ¿Tienen menos derechos los pacientes que los médicos, o que los celadores? La suspensión temporal de empleo y sueldo, por razones de Salud Pública, es un recurso a valorar.

El pasaporte COVID es muy, muy, muy necesario. Sin esa herramienta (que no coarta los derechos de nadie, pero protege especialmente el derecho a la salud de los sensatos) no podremos luchar contra las mutaciones del virus. Es tarea del Gobierno implantarlo por igual en toda España. No se puede dejar a la interpretación judicial de cada Reino de Taifa.

O nos ponemos las pilas, o sucumbimos.

Juan Manuel Jiménez Muñoz.
Médico y escritor malagueño.

NOTA: El Foro Ametzagaña y esta redacción, apoya a este médico y a cuantos profesionales de la sanidad, dan cobertura al debate civilizado y científico contra esta pandemia.

 

 

 



Categorías:LIBRE EXPRESIÓN

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