Ya estamos en “estado de alarma” (Diario de cuarentena…)

 

” Para controlar a un pueblo hay que conocer su miedo y es evidente que el primer miedo de cada individuo es estar en peligro mortal. Una vez que el ser humano se hace esclavo de su miedo, es fácil hacerle creer que el papá Estado estará listo para salvarlo.”
( George Orwell, 1984)

Día 2 de la cuarentena. Ya estamos en “estado de alarma”. Y más me alarma el ver en la última comparecencia oficial a un general y a los jefes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil con medallas hasta el ombligo. Hemos asistido a un discurso nacionalista ( nacionalismo español que también existe), militarizado y autoritario. El gobierno da una sensación de miedo y amenaza, no de tener una política efectiva para frenar el virus. El gobierno no conoce otro lenguaje que el del autoritarismo. Se aprovecha de la situación para reforzar su poder y justificar su monopolio de la fuerza. El paso de hacer “agentes de autoridad” a los militares y darles el poder de dar órdenes a los civiles, va en ese sentido.
El gobierno es rápido para ejercer control social y buscar la sumisión ciudadana, pero no parece tener idea para enfrentarse a este crisis.
Se están produciendo denuncias de que el gobierno con la excusa de la gestión de esta situación de emergencia, pretende aprovecharse para introducir un conjunto de medidas de control de la población que, en otras circunstancias, parecerían inconcebibles.
También se denuncia que estas medidas también se dirigen a debilitar los vínculos comunitarios, las asociaciones ciudadanas, la contestación de la sociedad civil. No sólo se trata de controlar la enfermedad sino, también, de coartar y limitar los espacios de lo común.

Día 3.El coronavirus se burla de todas nuestras certezas. El miedo se expande, la economía se hunde, nuestro modelo de vida occidental se tambalea, el virus infecta cada vez a más gente… ¿Quién nos lo hubiera dicho hace sólo un mes?
Todo lo que nos está sucediendo, junto con la crisis climática, pone en evidencia la fragilidad de nuestro modelo de sociedad.
¿ Qué tal, si aprovechamos esta situación tan extraordinaria para parar un poco, ralentizarnos, pensar e imaginar? Para constatar que no es imposible reducir la contaminación. Poner fin al turismo depredador. Valorar los servicios públicos como algo esencial. Aprovechar esta crisis para reforzar e impulsar más el compartir tareas y cuidados. Tomar conciencia de nuestro potencial empático y colectivo para preservar la vida…
En fin, experimentar cómo podría ser una sociedad en decrecimiento… aunque sea de forma momentánea.

Día 4.Una de las cosas que hecho en falta al estar encerrado (yo llevo diez días antes por ser grupo de riesgo) es el contacto con las personas. El dar abrazos y besos. ¡Menos mal, que a las personas que me escriben, las veo sonreír en sus letras!
Por ello, a mis amigas y amigos del alma os dejo estas palabras de la linda canción Codo con Codo, que Jorge Drexler ha compuesto para la ocasión.
“Ya volverán los abrazos, los besos dados con calma; si te encuentras un amigo,salúdalo con el alma. Sonríe, tírale un beso desde lejos, sé cercano, no se toca el corazón solamente con la mano.
La paranoia y el miedo no son, ni serán el modo, de esta saldremos juntos, poniendo codo con codo.
Mírale a la gente a los ojos, demuéstrale que te importa,mantén a distancias largas tu amor de distancias cortas.
Si puedes, no te preocupes, con ocuparte ya alcanza, y deja que sea el amor el que incline la balanza.”
¡ Que sueñen bonito !

Día 5.En estos días de confinamiento me resulta casi sorprendente la cantidad de ciudadanos que asumen el papel de policías censores y demás chivatos del régimen. Asistimos al despertar del “policía interior”, del “inquisidor feroz” que muchas personas llevan dentro de sí.
Ejercen labores de vigilancia que no les competen, cuelgan fotos de la gente que sale a andar. No sólo la policía vigila que se cumplan las órdenes gubernamentales, también vigilan porteras, vecinos y moralistas espontáneos colaboran en la defensa del “buen ciudadano”.
Desde los balcones y terrazas de los edificios, una legión de inquisidores aéreos aburridos insultan a los infractores y los señalan a las fuerzas del orden, dando su opinión sobre las penas que deberían recaer en ellos. Es la envidia y la ira del obediente hacia el que no lo es.
Confieso que estos días me han hecho recordar los tiempos franquistas, donde “Todo lo que no estaba prohibido, era obligatorio.” Como entonces, vamos camino de no ver en la cale más que polis y militares por todas partes…. ¡y a una legión de ciudadanos de bien jaleándoles!
Claro que se puede estar de acuerdo con las medidas del gobierno, pero también se puede estar en desacuerdo y denunciarlo. Pero para muchas personas eso no es posible, no discuten la expresión de ideas diferentes a las suyas, las combaten con furia destructora. Esas personas creen que es inmoral e ilícito no estar de acuerdo con lo que dicen y hacen nuestros gobernantes, y, por lo que veo, han creado una especie de unidad de intervención contra disidentes.
Se trata del aflorar del pensamiento único y de la intolerancia, del servilismo voluntario para el cual esa gente ha sido programada.

Dia 6.Hoy he estado releyendo al sociólogo portugués Boaventura de Souza Santos, reflexionando sobre los sentimientos falsos sobre la seguridad en nuestros países.
Como él dice, las estructuras e instituciones de los estados europeos normalmente consiguen crear en sus poblaciones una extraña sensación de seguridad. Es cierto que siempre existe una cierta inseguridad, pero, normalmente, hay medios y recursos para minimizarla hasta cierto punto, ya sea atención médica, vigilancia policial, subsidios, pólizas de seguros, etc.
Incluso, este falso sentimiento de seguridad se combina con el de la arrogancia e incluso la condena con respecto a todos aquellos que se sienten victimizados por el sistema.
Pero, la realidad es que nuestras sociedades gozan de una seguridad muy frágil. La globalización capitalista, la deslocación de empresas, la gigantesca dispersión y diversificación de la economía, la red internacional de transportes, la interconexión económica y humana a escala planetaria, han aumentando enormemente la vulnerabilidad y fragilidad de las sociedades occidentales.
En este contexto se extiende la pandemia actual del coronavirus, mítico e incontrolable, a pesar de los esfuerzos por contenerlo. Una vez instalada la pandemia, llega el caos,la ruptura de la cotidianidad y el aislamiento impuesto. Tras el virus, aparece el shock, el miedo y la confusión. El brote viral interrumpe la falsa sensación de seguridad que se evapora de la noche a la mañana. La pandemia crea una especie de conciencia de comunión planetaria de miedo e inseguridad, haciendo honor a la etimología del término
“pandemia” que significa “todo el pueblo”. La tragedia es que, en este caso, la defensa pasa por aislarnos unos de otros y ni siquiera tocarnos. Es una extraña comunión de destinos. ¿No serán posible otras?

Día 8. ( Domingo, 22 de Marzo)
Ayer no anoté nada en esta especie de diario. Hoy después de una selección, he decidido simplemente, transcribir un texto de Ramón Barea. Me ha parecido muy oportuno y certero en su análisis. Creo que merece la pena leerlo.
“Resulta que ahora, dicen los titulares, hemos descubierto gracias al coronavirus que el ser humano solo puede sobrevivir gracias a la ayuda colectiva. Pero yo me pregunto, ¿lo descubrimos con la pandemia del sida en los años 80 y 90? Pues ya os digo yo que no, porque eso era cosa de maricones, de putas y drogadictos.
¿Aprendimos algo con la epidemia de Ébola en 2016? Qué va, eso era para negros y para los que se metían en países que no debían. ¿Salimos a los balcones a aplaudir por los afectados de la crisis económica de 2008? ¿Para qué? Eso era asunto de pobres.
No nos engañemos, hemos descubierto la colectividad solo porque esta enfermedad ha golpeado de lleno a la crème de la crème de Occidente -todo eran risas cuando causaba estragos en China, ¿verdad?
Y, precisamente, por la democratización del virus hemos visto como cae el rico, el blanco, el hetero y el de la derechita cobarde. Así que, de pronto, nos hemos visto amenazados y, de forma automática, se han puesto en marcha todos los mecanismos para salvaguardarnos.
Así que hemos descubierto esa supuesta colectividad solo porque somos una enorme cabeza neoliberal que se mueve al unísono y, si se toca uno de sus componentes, se derrumba la pirámide entera. No, hijos míos, esto no es solidaridad colectiva. Es miedo.
Sí, la verdad sea dicha: nos hemos unido porque estamos cagados. Porque con esto no solo pueden morir negros, maricones, inmigrantes o pobres. Y porque, en realidad, nunca pensábamos que esto nos tocaría a nosotros, punta de la pirámide del privilegio.
Hemos creado esta cadena de unión internacional porque encima de todo no hay ningún colectivo al que culpabilizar y, ante la falta de cabezas de turco, nos hacemos arrumacos psicológicos y nos consolarnos unos a otros con resignación sin poder echar mierda por la boca.
Lo único que me gustaría es que esta crisis nos sirva para hacernos reflexionar, y no solo para montar festivales musicales en los balcones, tan necesarios para no darnos tiempo a pensar. Si esto puede servir para algo, que sea para que, cuando salgamos de esta, dejemos de hacer burda ostentación de nuestros privilegios occidentales y miremos un poquito más hacia los márgenes. Nos hemos unido porque estamos cagados”.
(Ramon Barea)

Martes, 24 de Marzo. Día no se cual de la cuarentena, creo que el 10, o así.
Mucho se habla estos días de lo concienciados que estaremos sobre la importancia de la sanidad pública cuando todo esto termine. Sobre los valores humanos que estamos desarrollando. Sobre las lecciones que vamos a aprender de esta experiencia. De cómo todo va a cambiar en el mundo.
Lo siento, pero lo cierto es que lo dudo mucho. Nuestra memoria colectiva es muy pobre, siempre lo ha sido y siempre lo será.
Alguna pequeña parte de la población podrá recapacitar y quizá variar sus hábitos. Otra parte se enmendará un breve espacio de tiempo, pero luego se olvidará de todo y retomará su forma anterior de actuar. Y la inmensa mayoría, simplemente volverá a actuar como siempre y no entenderán nada de lo que está ocurriendo.
En el fondo no va a cambiar nada… ¡ por ahora! y hasta que no quede más remedio. El ser humano necesita muchos golpes para aprender, y a un coste bestial. Depende de cuanto dure la experiencia y de cuanta gente muera.
En algunos sectores y personas podrán ocurrir cambios a mejor, que acerquen a experiencias comunitarias y de solidaridad. Pero, también habrá reacciones de volver al viejo modelo. Se seguirán cerrando nuestras fronteras a los que sufren e intentan llegar hasta aquí. Seguiremos confinando a seres humanos en cárceles por ser “ilegales”.
Continuaremos alimentando nuestro eurocentrismo como si jamás hubiéramos necesitado ayuda.
Después del coronavirus, ni la mayoría de las personas hará una transformación moral, ni se acabará de golpe el capitalismo, pues el poder económico y sus aliados políticos intentarán restablecer el sistema y salvaguardar sus expolios y sus privilegios… aunque sea a medio plazo.
En cuanto al apoyo a lo público, a lo común, la gente no va a ser constante. Como he leído hace unos días, las personas y la sociedad no aprendió nada de anteriores experiencias. No se aprendió de la pandemia del SIDA en las décadas 80-90… porque era cosa de maricones, putas y drogadictos. Tampoco se aprendió nada del Ébola en 2016, porque era lejos, cosa de negros y de gente que se metía en países que no debían.
Tampoco se aprendió de la crisis económica del 2008, cosa de pobres. ¿Si las lecciones anteriores no fueron aprendidas, ¿por qué ahora sí?
Las declaraciones de los políticos de que todo volverá a la normalidad, esconden el hecho de que la normalidad era el problema.
Dicen ahora que gracias al coronavirus hemos descubierto que el ser humano sólo puede sobrevivir gracias a la ayuda colectiva. No nos engañemos, hemos descubierto el valor de la colectividad no por convencimiento sino por miedo, porque el virus ha golpeado a Occidente, a pobres y ricos, al hetero y al homo.
Además, muchas personas, sí cambiarán… ¡pero a peor! En esta tormenta perfecta,muchos se están acostumbrando al miedo y a la precariedad, a no confiar en sí mismos y sí en el Estado todopoderoso. Por eso aceptan el autoritarismo, el estado policial y crecientemente militarizado. Aceptan que controlen sus vidas y que sus movimientos sean controlados y restringidos. Incorporan esta regresión, incluso actuando como policías represores contra sus vecinos, contra cualquier disidencia.
Creo que sólo rebelándose contra este estado de cosas, se podrá avanzar. La única esperanza pasa por el conflicto y la confrontación con el sistema. La esperanza reposará en aquellas personas y colectivos que no se sometan ni al miedo ni a las consignas del poder; que comprendan que la normalidad es el problema, que las crisis seguirán y que hay que estar preparados para superar este sistema, por desobedecer siempre.

ALBERTO MARTINEZ LOPEZ

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