EL TURISMO, COMO MONOCULTIVO ECONÓMICO

“Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado en su casa.”

 ( Blaise Pascal)

 

El turismo en este país siempre ha sido contemplado por los poderes políticos y los empresarios como la panacea ante el fracaso competitivo de casi todos los demás sectores económicos. Las sucesivas crisis acabaron con una industria potente, la burbuja inmobiliaria estalló, los bancos son rescatados… ¡pero Sol tenemos para aburrir! al menos en el sur. El turismo significa una entrada de dinero contante y sonante, mucho dinero, llegando hoy hasta el 19% del PIB.

Sin embargo el sector turístico siempre ha sido regido por un capitalismo salvaje y depredador, estando unido a un expansionismo constante y alocado, carente de planificación. Se han destruido las costas, los paisajes, se ha degradado la naturaleza, y sólo se piensa en el máximo lucro posible con el menor costo posible. Esta actividad claramente insostenible, sin embargo, siempre ha sido sostenida y glorificada por sus beneficiarios, los políticos y los empresarios, y eso nos ha llevado con el tiempo a esta gran prostitución socioeconómica, que somete a personas, territorios y valores culturales a unos intereses antisociales y perniciosos.

Pues bien, ahora nos encontramos con una ¿sorpresiva? reacción de una buena parte de la ciudadanía contra este turismo que sufrimos. La reacción contra los  abusos y excesos del turismo ha tardado décadas, pero al fin ha llegado con fuerza en este verano del 2017. Iniciada en Barcelona y Donostia, pronto se ha extendido a muchos más puntos turísticos. Se denuncia, entre otras cosas, la insostenibilidad del sistema, y la agresión contra la ciudadanía que supone esta invasión turística sin control, cuyas cotas de deformación y estupidez, hace necesario actuar contra ellas.

No es Turismofobia, es protesta ciudadana

Ante esta protesta en crecimiento, políticos y empresarios ponen el grito en el cielo y hablan de Turismofobia, un concepto inventado por los empresarios de turismo y recogido por los medios y la política caduca. La intención de esos sectores pasa por trasladar la culpa de la situación a las personas y organizaciones ciudadanas y eximir de toda responsabilidad a cualquier otra parte implicada (gobiernos de todos los niveles, empresarios, medios…) Así, se pretende dotar de normalidad a las consecuencias nocivas del turismo y se localiza el problema sólo en los supuestos transfóbicos. En el fondo subsiste, como siempre, el miedo de los poderosos ante la rebelión ciudadana, que amenaza claramente sus intereses– Pero no es turismofobia, es un cambio de mentalidad ciudadana con respecto al turismo. Por primera vez, de forma  organizada, se cuestionan los beneficios turísticos, en contraposición a  efectos perniciosos que ya está produciendo a distintos niveles.

 

 

No es Turismofobia, es protesta ciudadana

Ante esta protesta en crecimiento, políticos y empresarios ponen el grito en el cielo y hablan de Turismofobia, un concepto inventado por los empresarios de turismo y recogido por los medios y la política caduca. La intención de esos sectores pasa por trasladar la culpa de la situación a las personas y organizaciones ciudadanas y eximir de toda responsabilidad a cualquier otra parte implicada (gobiernos de todos los niveles, empresarios, medios…) Así, se pretende dotar de normalidad a las consecuencias nocivas del turismo y se localiza el problema sólo en los supuestos transfóbicos. En el fondo subsiste, como siempre, el miedo de los poderosos ante la rebelión ciudadana, que amenaza claramente sus intereses- Pero no es turismofobia, es un cambio de mentalidad ciudadana con respecto al turismo. Por primera vez, de forma  organizada, se cuestionan los beneficios turísticos, en contraposición a  efectos perniciosos que ya está produciendo a distintos niveles.

Caracterización del fenómeno turístico y su carga ideológica

“Turismo es hoy sinónimo de globalización, mercantilización de recursos y personas, consumo desaforado e irresponsabilidad medioambiental en todos los niveles. (…)

El turismo es un fenómeno relativamente reciente en la historia, y su aspecto masivo sólo se revela a partir de los años 60. Si en sus primeros momentos su impacto fue soportable, pronto, el capitalismo convirtió al viajero en turista, el turista es el viajero degradado al límite. El turista es un observador, un fotógrafo, ve las diferencias culturales pero casi nunca será partícipe de ellas. Observa pero no actúa. Ve el viaje como algo esporádico y ajeno a su realidad, contempla lo que le rodea como si estuviera detrás de un cristal, como si estuviera en un museo o en un zoo.

El sector contempla el turismo como un desplazamiento masivo de personas desde sus lugares de origen hasta otro por un período de tiempo limitado. Durante ese tiempo el negocio del turismo ofrece a esa masa humana la satisfacción de sus necesidades de ocio. Ahora bien, cuando esas necesidades ya se encuentran cubiertas desde hace años por la oferta existente, llega un momento en que el sector turístico no puede continuar su crecimiento por ese camino. Por eso hay que asumir su estancamiento, o bien hay que buscar otras propuestas  que ofertar a un número mayor y diferente de turistas, los de menor poder adquisitivo, los llamados “mochileros”, o los de los  del “todo incluido” que vienen facturados por los “vuelos low cost”. Tienen menor poder adquisitivo, pero son muchos más, por lo que generan beneficios por su número.

El precio a pagar ha sido la creciente degradación del turismo, algo previsible desde el principio, pero que nadie ha querido ver en su justo momento, y ahora nos estalla en nuestra cara, como ciudadanos.

Caracterización del fenómeno turístico y su carga ideológica

 “Turismo es hoy sinónimo de globalización, mercantilización de recursos y personas, consumo desaforado e irresponsabilidad medioambiental en todos los niveles. (…)

El turismo es un fenómeno relativamente reciente en la historia, y su aspecto masivo sólo se revela a partir de los años 60. Si en sus primeros momentos su impacto fue soportable, pronto, el capitalismo convirtió al viajero en turista, el turista es el viajero degradado al límite. El turista es un observador, un fotógrafo, ve las diferencias culturales pero casi nunca será partícipe de ellas. Observa pero no actúa. Ve el viaje como algo esporádico y ajeno a su realidad, contempla lo que le rodea como si estuviera detrás de un cristal, como si estuviera en un museo o en un zoo.

El sector contempla el turismo como un desplazamiento masivo de personas desde sus lugares de origen hasta otro por un período de tiempo limitado. Durante ese tiempo el negocio del turismo ofrece a esa masa humana la satisfacción de sus necesidades de ocio. Ahora bien, cuando esas necesidades ya se encuentran cubiertas desde hace años por la oferta existente, llega un momento en que el sector turístico no puede continuar su crecimiento por ese camino. Por eso hay que asumir su estancamiento, o bien hay que buscar otras propuestas  que ofertar a un número mayor y diferente de turistas, los de menor poder adquisitivo, los llamados “mochileros”, o los de los  del “todo incluido” que vienen facturados por los “vuelos low cost”. Tienen menor poder adquisitivo, pero son muchos más, por lo que generan beneficios por su número.

El precio a pagar ha sido la creciente degradación del turismo, algo previsible desde el principio, pero que nadie ha querido ver en su justo momento, y ahora nos estalla en nuestra cara, como ciudadanos.

Por otra parte, y centrándonos en este país, el turismo siempre ha sido fenómeno de capitalismo salvaje, mercantilización de recursos y personas, consumo desaforado de recursos y energías e irresponsabilidad medioambiental a todos los niveles. Desde los comienzos en el franquismo, el turismo ha sido nido de toda corrupción participando estrechamente con el sector inmobiliario en todas las irregularidades. El modelo se basó desde un principio en la especulación, la corrupción y el máximo beneficio, y se fomentó en la población una relación de servidumbre hacia el turista, presentado como única salvación para poder sobrevivir. Para ello se divulgó un folklore irreal, de cartón piedra, un servilismo hacia el turista, unos precios competitivos y una degradación y masificación masivas. Parecería que para los diversos gobiernos no estaba muy equivocada la definición de “un país de putas y camareros”.

BARCELONA 2016 07 09 Barcelona Mani en la Barceloneta contra turisme massiu Fotografia de JOAN CORTADELLAS

El turismo siempre ha venido apostando por un modelo desigual, injusto y depredador. Además siempre se ha usado para canalizar la actividad de otros sectores y prácticas, como la especulación inmobiliaria, las diversas corrupciones a todos los niveles, las constructoras, etc. En este modelo, los habitantes son figurantes y mano de obra barata y el país una simple marca.

En definitiva el sector turístico es todo un ejemplo de explotación neoliberal para el beneficio casi exclusivo de poderosos empresarios.

La mentira de la riqueza del turismo trasladada a la sociedad

Sí, el turismo es gran negocio… pero sólo para un sector restringido, para unos pocos. El sector del turismo no sólo consume ingentes cantidades de recursos naturales y energía, sino que además los gobiernos tienen que gastar en una red de infraestructuras y servicios. Se dedican grandes recursos  públicos, para una actividad privada, cuyos beneficios  ni llegan a repartirse equitativamente y mucho menos repercuten en la sociedad, o lo hacen en una parte mínima.

Cuando se habla de los aproximados 100.000 puestos de trabajo, no se habla de su estacionalidad, su precariedad y sus sueldos de miseria. La riqueza invertida aquí es ínfima con respecto a los desmedidos lucros del sector.

Por lo demás el turismo, al contrario de lo que se divulga, empobrece a las ciudades donde se desarrolla. El dinero que se gastan los turistas no se queda en las zonas turísticas, salvo una exigua parte. El dinero generado no compensa a los habitantes de las zonas turísticas, pues va a manos privadas, a los grandes grupos hoteleros y a los empresarios hosteleros, que financian su expansión a costa de precarizar los empleos y pagar salarios de miseria. Así se comprende, por ejemplo, que los destinos turísticos más famosos como Torrevieja, Fuengirola, Benalmádena y Benidorm estén entre los municipios más pobres de todo el estado. Y cuanto más crece el turismo, menos dinero repercute en la sociedad en general.   Además, la industria masiva del turismo ha logrado que sus costos y daños de todo tipo ya hayan alcanzado los beneficios.

Gentrificación. Turistificación y destrucción de entornos ciudadanos

Teóricamente la gentrificación es un proceso mediante el cual los pobres son desplazados de sus barrios céntricos o típicos porque el mercado los rehabilita, para destinarlos a los más pudientes. Así, tras décadas viviendo en edificios, muchas veces degradados , en distritos y barrios ignorados por la inversión pública y privada, sus calles se reforman así como sus inmuebles y sus alquileres son cada vez más caros. Y en el caso de los propietarios, la mayoría de las veces no pueden costear dichas  reformas, sus comercios tradicionales pronto se arruinan ante la competencia de actividades centradas en el turismo. Así que más pronto que tarde se tienen que ir, y son sustituidos por clase media alta y rica. La gentrificación es una clara representación de la denominada” lucha de clases y la segregación”.

Mucha gente sabe o es testigo de multitud de ejemplos de gentrificación en la casi totalidad de las grandes ciudades. Pero ahora estamos asistiendo a una turistificación bastante similar en el proceso. Como este verano decía un cartel en un barrio de Barcelona: “Bienvenido turista, el alquiler de apartamentos turísticos en este barrio destruye el tejido socio-cultural de esta zona y promueve la especulación. En consecuencia muchos de nuestros vecinos se ven obligados a abandonar el barrio. Disfruta de tu estancia.”  No es ya que una comunidad popular sea sustituida por otra más rica, sino que es reemplazada por una comunidad de turistas de paso, oleada tras oleada. La gentrificación substituye una comunidad por otra, sustituye poblaciones, la turistificación las elimina.

Como dice la Plataforma de Vecinos de la Parte Vieja de Donostia: “¿Cuánto tiempo podrá resistir el barrio un uso mercantil tan intensivo sin poner en peligro su cohesión social, su identidad histórica y cultural, la salud y la calidad de vida de sus habitantes?”.  La inquietud está justificada, como en otros tantos barrios, en otras tantas ciudades. El constante aumento de los alquileres, y la enorme concentración de pisos turísticos, terminan por expulsar a los habitantes y convertir el barrio en una especie de parque temático. Además la desaparición paulatina de los comercios locales y su reemplazo por tiendas de suvenires y restaurantes caros ponen en jaque la vida ciudadana.

En este contexto el auge de plataformas de apartamentos turísticos como la Airbnb, con sus instrumentos de mercantilización salvaje, agravan mucho la situación.  Y en este tema de los apartamentos turísticos, por un lado asistimos a escasos y tímidos intentos de los políticos para paliar el problema. Las limitaciones que se imponen, sólo pretenden “limpiar” el sector, tenerlo más o menos controlado, y eso lo hacen por la presión de las grandes cadenas hoteleras. Pero en realidad, no van a querer poner coto a esos apartamentos; en este sentido, muchas medidas vienen fracasando por la oposición del sector y por la escasa convicción de los políticos. Ahora bien, detrás de las protestas de los hoteles contra los apartamentos, se esconde un recelo a perder beneficios y muchas prebendas, un querer quedarse con todo el lucro que generan sus precios a todas luces abusivos. La mercantilización de los apartamentos turísticos debe ser frenada y regulada drásticamente, pero tampoco podemos prohibir el alquiler de habitaciones a turistas, que de otra forma no podrían pagar los altos precios de los hoteles, eso sí debidamente acreditados y formalizados.

Turismo y degradación medioambiental

La mayor parte de la expansión turística en España se concentró en las costas, sobre todo en el Mediterráneo. Y una buena parte de la construcción descontrolada que ocasionó la burbuja inmobiliaria, fue de naturaleza turística y ubicada en las costas. La peor parte se la lleva la costa mediterránea, urbanizada en un 43% y considerada oficialmente como la costa más fea y degradada de todo el Mediterráneo.

Ya hace tiempo que las Naciones Unidas denunciaron que el turismo masivo es una de las principales amenazas mundiales al medio ambiente. Como ejemplo, los vuelos “low cost” y los grandes cruceros son dos de los modos de transporte más contaminantes.

Hoteles, urbanizaciones, campos de golf, consumen enormes cantidades de agua y energía de un modo totalmente insostenible, además de la contaminación de capas freáticas, destrucción paisajística, apertura abusiva de pistas forestales, ocupación mercantilista de casi cada punto que pueda tener algún interés turístico.

De hecho, muchos destinos van siendo abandonados por su degradación tan irreversible que ya no son objeto de atracción turística. Sin embargo ese costo nunca se repercute en los grandes grupos que operan en el sector.

 

Turismo, un sistema basado en la explotación laboral

En el sector turístico las condiciones sociales y laborales nunca fueron muy buenas, pero en los últimos tiempos han ido degradándose hasta niveles indescriptibles, con trabajos rondando la esclavitud laboral, con salarios de mierda, horarios inhumanos y malos tratos frecuentes.

En el país del turismo donde el 40% de la población no puede permitirse ni una semana de vacaciones, el salario medio en la hostelería, es un 40% inferior al salario medio general.  La famosa “competitividad turística” no es más que un eufemismo de supe explotación laboral, de hecho las cotas de precariedad son alarmantes, el turismo se convierte así en una muestra más de la globalización de la explotación, es la expresión de cómo el capitalismo siempre encuentra nuevas formas de expandirse a niveles cada vez más profundos. Esto es, siempre se inventan nuevos procesos para la explotación de siempre.

Los principales abusos laborales en el sector del turismo, son los siguientes:

– La “media jornada ficticia” sin duda es el fenómeno estrella. Básicamente consiste en que se firma un contrato temporal por 4 horas de media, se cotiza sólo por eso, y se trabaja el triple en realidad. Estamos hablando de pinches, cocineros, camareros de barra y de terraza que reciben entre 500 a 700 euros por mes por jornadas inhumanas de 12 horas. Estos contratos se han multiplicado desde el inicio de la crisis, ante el desinterés más absoluto de los inspectores del Ministerio de Empleo. Es más, la propia patronal empresarial viene solicitando la posibilidad de legal de transformar contratos por jornadas completas en contratos de media jornada.

– Los “falsos autónomos” son aquellos que  son despedidos o presionados para dejar la plantilla, para acabar haciendo el mismo trabajo pero pagándose ellos su propia Seguridad Social.

. Los “fijos discontinuos”, eufemismo para decir que el empleado es despedido, sobre todo al comienzo del verano, y es vuelto a contratar en condiciones mucho peores, en la línea de 4 horas cotizadas y jornadas de 10 a 12 horas.

– Por último, los “empleos sin contrato alguno” más numerosos de lo que parece, con pagos en negro y ningún tipo de derechos.

– Y el caso sangrante de las “camareras de piso”, las que limpian las habitaciones de los hoteles, una versión moderna de la esclavitud.  En esta feminización de la pobreza, estas mujeres cobran entre 1,50 a 2,00 euros por habitación, lo que las obliga a trabajar jornadas de 12 horas, cargando pesos, forzando posturas, y muchas de ellas no librando ni un fin de semanas en 5 meses.  Las camareras de piso son el colectivo más castigado por la explotación laboral en el sector turístico, que a su costa y el del resto de personal explotado en la hostelería, vive uno de sus mejores momentos lucrativos. Esta vergonzosa explotación está relacionada con la externalización de servicios que realizan las cadenas hoteleras.

Ante este panorama, los 981 inspectores y 897 subinspectores del Ministerio de Empleo se limitan a inspecciones aleatorias, escasas sanciones y poco más. Como dicen algunos de ellos: “Nos tienen haciendo inspecciones a chiringuitos y mercadillos, en lugar de ir por los restaurantes y hoteles, donde son muy comunes las medias jornadas ficticias.” El propio Ministerio reconoce que la hostelería es el sector productivo con más falsos contratos y con más abusos de todo tipo. En realidad planea la sospecha de que hay instrucciones para molestar lo menos posible al turismo… mientras miles de personas sufren día a día la más brutal precariedad.

Según opiniones de los Sindicatos del sector, este año 2017 ha sido la temporada más precaria y con más abusos de todo tipo de que se tiene noticia. Y en ella, además de las pésimas condiciones económicas, las ilegalidades y las jornadas extenuantes, rebrota con fuerza los malos tratos hacia las personas empleadas. Parece ser que en tiempos de crisis, suele surgir lo mejor y lo peor de las personas, y según multitud de testimonios en muchos medios, el comportamiento de una gran parte de los jefes y propietarios de negocios turísticos, muestra la peor faceta de esas personas.  En efecto, muchos jefes, endeudados hasta las cejas, y sumergidos en una feroz competencia, sólo viven para ver dinero en todo lo que les rodea, no ven a las personas. Y en ese proceso de degradación ética y moral cometen todo tipo de excesos: hostigan constantemente hasta la locura, vigilan y ponen mala cara hasta cuando los camareros comen. Con una educación autoritaria e inquisitorial, insultan constantemente, siempre a gritos, humillaciones, lenguajes racistas y sexistas, todo les parece mal, parece que gozan ejerciendo su tiranía patética. Y lo peor que ese ambiente de maldad y crueldad, se traslada bastantes veces entre los propios trabajadores. Obligados a competir entre ellos para sobrevivir, retroalimentan la crueldad de trato recibido entre ellos mismos.bajo el capitalismo todo es negocio.

No hay opción de sostenibilidad ni resistencia bajo las reglas de juego del mercado, por mucho que se cacaree la pretendida responsabilidad empresarial como un mantra de solidaridad y justicia social.

La necesidad de una regulación y cambio de paradigma

En definitiva, todo un proceso neocolonial al servicio de los intereses de las clases pudientes del norte global. Donde el incremento anual de turistas internacionales es celebrado estúpidamente por los políticos de turno como un éxito económico sin igual, ignorando que tal crecimiento no puede ser indefinido, hasta el infinito. Ignorando que hablar de ‘capacidad de carga’ o ‘capacidad de acogida’ turística una vez que ésta ha sido ampliamente superada ya no es una solución sino otro problema más.

Gestionar la capacidad de carga es como regular el flujo de agua con un grifo, abriendo más o menos la llave para regular la cantidad de agua que queremos. Pero una vez que se ha inundado la casa, de nada sirve abrir o cerrar el grifo, pues está roto. Así, gestionar la masificación turística exige medidas al mismo nivel que la gestión de una inundación, medidas de emergencia y evacuación.

Hasta ahora todos los intentos han sido tímidos e inoperantes. Por ello es necesario un debate en profundidad, una revisión del modelo turístico radicalmente diferente del actual. Cunden ejemplos de buenas prácticas en ese sentido: prohibición de apartamentos turísticos en los centros urbanos y lugares de interés turístico; tasas a los turistas; preferencia de los locales en los transportes públicos; poner coto a los vuelos “low cost” y a los grandes cruceros. Todo eso pasa, según las circunstancias de cada localidad, en muchas ocasiones por limitar el número de turistas que visitan los centros urbanos, por ejemplo; ya se hace en bastantes lugares y esta medida aumenta.

También se habla de primar al “turismo de calidad”, o sea el que más gasta, pero va en contra del derecho a hacer turismo de las clases menos favorecidas económicamente; no creemos que se trate de primar a la “Visa Platinum”, sino de diversificar ofertas y controlar afluencias excesivas.

Con tantos ingresos millonarios del turismo, ya es hora de usarlos para reordenar el sector y dignificar las condiciones laborales de las personas. Es hora de buscar también otras fuentes de ingresos y no caer en una especie de monocultivo del turismo. No se trata de ser sólo el lugar de diversión de medio mundo.

 

EQUIPO DE REDACCIÓN DEL FORO AMETZAGAÑA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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