FEMINISMO y LAICISMO en el MUNDO

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El feminismo sólo puede ser laico y universalista: no puede haber uno para “Oriente” y otro para “Occidente”

Para la escritora feminista tunecina Fawzia Zouari, una única concepción es posible: el feminismo laico y republicano, que combate universalmente y sin concesiones la dominación masculina.

Es el ultimo “juicio a la colonización” de moda. Se ataca la “colonización del feminismo” igual que antes se atacaba la colonización de los espíritus, las lenguas o los modos de vida. El feminismo, en su concepción clásica, y por su origen occidental, estaría imbuido de racismo e islamofobia; o mejor aún, de etnocentrismo y autocentrismo. Habría sido pensado por mujeres blancas para mujeres blancas, y además, burguesas. Por tanto, deberíamos andarnos con cuidado. Cambiar de marco conceptual. Anclar la temática de la emancipación de las mujeres en la diversidad de las culturas, y abrirla a otras concepciones de lo femenino.

Yo no soy parte de un círculo “homologado y aprobado como occidental”. Pero esta propuesta me pone los pelos de punta, sin velo, por supuesto. ¿Cómo no ver en este proceso de llamada al rechazo del “feminismo blanco” un relevo, consciente o no, del “feminismo verde” que se propaga en tierras del Islam, como en Europa. Es decir, detrás de los argumentos de “diversidad”, “globalización” o de “tradición cultural específica” aquí anunciados, asistimos a un retorno del patriarcado. Más insidioso, si cabe, porque sus portavoces son mujeres y, por tanto, más peligroso, puesto que potencia actitudes de una ideología nostálgica del pasado, según la cual todos los “males del mundo” serían culpa de Occidente.

Me diréis que es normal que se cuestione un feminismo de “talla única”. Esto se explica en el contexto arabe-musulmán, afectado por las ofensivas occidentales, el conflicto palestino-israelí, los desencantos nacionales, el ascenso de los hermanos musulmanes y otras derrotas. Algunas mujeres han defendido entonces la idea de un “feminismo islámico”, el cual tendría por objetivo demostrar que no son sólo las dinámicas inspiradas por Occidente las que conducen el proceso de ruptura con la sociedad árabe tradicional y, que es necesario reconocer que ese “feminismo islámico” tendría la ventaja de abrir, ya sea en parte, las puertas de la exegesis feminista, y servir de pasaporte para un cierto acceso al espacio público.

Sin embargo, la idea de que los islamistas serán los que como nuevos defensores del relativismo cultural se definan como “feministas” evidencia la impostura. El recurso mismo a la palabra “feminista” es una aberración, si se define el feminismo como un combate universal y sin concesiones contra la dominación masculina. Y porque el feminismo no debe privilegiar la diferencia de las mujeres en la universalidad de los derechos. Reconsiderar el estatuto del punto de vista de la tradición supone un sometimiento a la ley patriarcal. Por otra parte, ¿por qué este “feminismo” haría avanzar la causa de las mujeres mientras reprime las luchas de vanguardia a favor de la libertad de no llevar velo, de la ausencia de límites o de la complementariedad? ¿Eso es lo que le confiere la “contradicción que enriquece”, querer reintroducir la referencia religiosa en aras de la “tranculturalidad”? ¿Se puede ser feminista y defender coacciones sobre el cuerpo femenino, aun si reivindicadas por la interesada? Nadie obliga a las mujeres a ser ellas mismas, pero ningún feminismo genuino puede pasar por alto la integridad de los cuerpos, ni dar marcha atrás en lo ya conseguido so pretexto de una jerarquización de luchas. Nadie debe inmiscuirse en las creencias de las mujeres, pero nadie debe alienar su libertad con doctrinas inmutables, ni ocultar la cuestión de su emancipación bajo una fachada de avances.

¡Basta ya de decirno que el velo no estigmatiza el cuerpo femenino o que no lo señala como atentatorio contra el orden de la ciudad! ¡Ya basta de pretender que la defensa de las mujeres debe centrarse en la lucha contra su dominación económica y social y cerrar los ojos ante los signos en los que se manifuesta la más insidiosa expresión de esa misma dominación! Fingir que para las refractarias al modelo “feminista clásico” y, más especificamente, para las musulmanas practicantes de Francia no hay mejor opción que la de “replegarse sobre sí mismas”, insinua que el Islam se reduciría a sus apariencias externas y que, despojado de toda espiritualidad, sería incapaz de hacer suyos los valores universarles, incluso los occidentalmente inspirados.

Yo no creo que el espacio de la religión y de la tradición sea un espacio de libertad. Me niego a hablar de una “nueva invención de la modernidad”, en un enfoque que, en el fondo, considera la modernidad como “un mal occidental”. Me parece adivinar aquí el timbre moralizante que tiende a asimilar la libertad del “individuo femenino” a las costumbres disolutas. Y planteo la cuestión: ¿qué sería un “feminismo descolonizado”, si no un feminismo desposeído de la mayoría de los logros conquistados? ¿Con qué derecho se decide que ciertas leyes como la prohibición del velo en Francia son “antimusulmanas”, cuando millones de musulmanas en el mundo luchan precisamente contra el velo? Por qué ha de ponerse la defensa del velo en el mismo plano que la lucha contra la violació o el maltrato conyugal? ¿Quién es más útil a la sociedad, la que se bate contra la radicalizaci´pon fundamentalista o la que zascandilea con la defensa del yihab? ¿Cómo se puede acusar de “materialismo” a un feminismo que lleva intentando denodadamente desde hace décadas liberar a las mujeres de toda tutela? ¿No consiste más bien el materialismo en el elogio de la diferencia y en la victimización del Otro, en generar un islamo-fascismo empeñado en inducir la discordia entre las mujeres? A fin de cuentas, quienes denuncian el “feminismo colonizado” ¿no sueñan acaso con un “feninismo indígena”, enlazando así con –y aun renovándolo— el orientalismo colonialista de antaño?

Me parece bien que la identidad sea móvil y mutante, pero es necesario que esa mutación no arruine los logros conseguidos por las mujeres. Es verdad que el particularismo puede ensancharse con lo universal, pero yo desconfío del particulartismo cuando aparece a propósito de las mujeres, porque muy frecuentemente se invoca para recortar sus libertades. Yo opto por el feminismo clásico.  Y rechazo el término “colonizador” para un feminismo que ha iniciado el mayor combate de todos los tiempos a favor de las mujeres sin verter una sola gota de sangre. Llamo a la vigilancia contra esas nuevas teorías que abogan por una “dimensión postmoderna de lo religioso” como pretendida “fuente de reencantamiento” y “nueva oportunidad para el feminismo”. No me fío de los que no se fían de Occidente, porque no dejan de estar a la defensiva y no tienen mentalidad abierta.

Llamo, pues, a las occidentales perdonavidas  con el feminismo de sus abuelas a no sucumbir al  “sollozo del hombre blanco”. Lo mismo que llamo a las musulmanas como yo a salir de la mentalidad, típicamente masculina, del excolonizado y a lograr un proceso de alteridad hasta ahora inédito. Podemos compartir, sin avergonzarnos, ciertos modelos occidentales, no por fidelidad a Occidente, sino desde el momento en que esos modelos se colocan por encima de todas las tradiciones y abogan por la Justicia y el Derecho. En realidad, no puede haber un feminismo de Oriente o de Occidente. NI un feminismo que enfrente al Norte y al Sur. No sin hacer jactanciosamente suya una tradición enemiga de mejorar el ciclo de nuestra emancipación. No puede haber más que un feminismo: el que concluye en una razón de mujeres.

Fuente:Liberation, 21 septiembre 2016

Traducción: Ana Jorge

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