La invención de la Tierra de Israel( Shlomo Sand)

 

El 5 de junio de 1967 crucé la frontera entre Israel y Jordania en Jabel al-Radar, en las colinas de Jerusalén. Era un joven soldado que, como muchos otros israelíes, había sido reclutado para defender a mi país. Después de que hubiera anochecido  atravesamos silenciosa y cautelosamente los restos de la alambrada de espino. Los que habían pisado allí antes que nosotros habían tropezado con minas terrestres y las explosiones habían desgarrado la carne de sus cuerpos, arrojándola en todas las direcciones. Temblaba de miedo, con los dientes rechinando violentamente y la camiseta empapada de sudor pegada al cuerpo. Sin embargo, en mi aterrorizada imaginación, mientras mis piernas se movían automáticamente como partes de un robot, nunca me paré a pensar que aquella iba a ser mi primera salida al extranjero. Tenía dos años cuando llegué a Israel y a pesar de mis sueños de salir al extranjero y viajar por el mundo nunca tuve suficiente dinero para hacerlo; crecí en un barrio pobre de Jaffa y desde joven tuve que trabajar.

No tardé mucho en darme cuenta de que mi primer viaje fuera del país no iba a ser una aventura agradable: fui enviado directamente a Jerusalén para incorporarme a la batalla por la ciudad. Mi frustración creció cuando me di cuenta de que otros no consideraban que hubiéramos entrado en territorio «extranjero». Muchos de los soldados que me rodeaban consideraban que simplemente estaban cruzando la frontera del Estado de Israel (Medinat Israel) y entrando en la Tierra de Israel (Eretz Israel). Después de todo, nuestro antepasado Abraham había vagado entre Hebrón y Belén, no entre Tel Aviv y Netanya, y el rey David había conquistado y ensalzado a la ciudad de Jerusalén situada al este de la línea «verde» del armisticio, no a la próspera ciudad moderna situada al oeste. «¿Extranjero?», preguntaban los combatientes que avanzaban conmigo durante la cruenta batalla en torno al barrio de Abu Tor en Jerusalén. « ¿De qué estás ha blando? Esta es la verdadera tierra de tus antepasados.» Mis compañeros de armas pensaban que habían entrado en un lugar que siempre les había pertenecido. Yo, por el contrario, sentía que había dejado atrás mi verdadero lugar. Después de todo había vivido en Israel casi toda mi vida y, asustado por la posibilidad de que me mataran, me preocupaba el que pudiera no regresar nunca. A pesar de que fui afortunado y con grandes esfuerzos regresé vivo a casa, el miedo a no volver nunca al lugar que había dejado atrás finalmente resultó acertado, aunque de una forma que en aquel momento nunca pude imaginar. Al día siguiente de la batalla por Abu Tor, los que habíamos sobrevivido fuimos conducidos a visitar el Muro occidental. Con las armas cargadas caminábamos con cautela por las calles silenciosas. De vez en cuando veíamos fugaces imágenes de caras asustadas que aparecían momentáneamente en las ventanas para hurtar destellos del mundo exterior.

Una hora más tarde entramos en un callejón relativamente estrecho flanquea do a uno de sus lados por un imponente muro de piedras talladas. Esto era antes 8 de que las casas del barrio (el antiguo Mughrabi) fueran demolidas para hacer sitio a una enorme plaza que acomodara a los devotos de la «Discotel» (un juego de palabras con «discoteca» y kotel, el término hebreo para el Muro occidental), o de la «Discoteca de la presencia divina», como al profesor Yeshayahu Lei bowitz le gustaba decir. Estábamos agotados y al límite; nuestros sucios uniformes todavía estaban manchados con la sangre de los muertos y heridos. Nuestra principal preocupación era encontrar un lugar donde orinar, ya que no podíamos detenernos en ninguno de los cafés abiertos o entrar en las casas de los aturdidos vecinos. Por respeto a los judíos practicantes que había entre nosotros nos aliviamos sobre las paredes de las casas que había por el camino. Esto nos permitió evitar la «profanación» del muro exterior del monte del Templo, el muro que Herodes y sus descendientes, aliados con los romanos, construyeron con enormes piedras en un empeño por exaltar su régimen tiránico.

 

LA INVENCIÓN DE LA TIERRA DE ISRAEL



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