Sexta (y última) fase de la marcha a la Cumbre del Clima de Glasgow.

Una fotografía de los participantes en la marcha

26. Dalkeith – Rhato

Esta etapa es de las más cortas, 25 kilómetros rodeando Edimburgo sin pisar el centro. La primera mitad por asfalto, el resto al borde de un canal con lluvia menuda. El canal sobrevuela carreteras y ríos. Las hojas caídas flotan sobre aguas mansas. Hasta Edimburgo mantuvimos el rumbo norte, aquí viramos a poniente, guiándonos el invisible faro de Glasgow.

Edimburgo es la capital de Escocia. Tiene 500.000 habitantes, menos que Glasgow. Está en la desembocadura del río Forth, a orillas del Mar del Norte. Desde que dejamos Southampton hace más de tres semanas no habíamos vuelto a la costa. La ciudad antigua y la nueva son Patrimonio de la Humanidad. Hay tres universidades con 100.000 estudiantes. Después de Londres en la capital más visitada del Reino Unido.

La ciudad está dominada por un castillo erigido sobre un peñasco de origen volcánico. Es célebre el festival de teatro y música de Edimburgo, lo mismo que sus fábricas de cerveza. En 2004 mereció ser distinguida como «ciudad del comercio justo». Su cinturón verde frena la expansión incontrolada.

Al pasar por Edimburgo conviene recordar que Escocia forma parte de Gran Bretaña por voluntad propia, no por derecho de conquista, lo cual es un argumento fundamental para reclamar la reversión de la decisión de 1707.

Desde Edimburgo, el humanismo y el racionalismo enriquecieron la cultura escocesa. La Ilustración impulsó proyectos culturales tan extraordinarios como la Enciclopedia Británica.

27. Ratho – Fauldhouse

Ha vuelto la lluvia. Los ríos van crecidos, las carreteras se inundan. Condiciones poco propicias para disfrutar del otoñal colorido de los árboles. La etapa no es larga, pero se hace eterna.

Tras dormir a las afueras de Edimburgo comenzamos la nueva etapa en Ratho, retomando el canal que nos trajo la víspera. Llovizna mientras circulamos siguiendo el curso de las aguas. La lluvia se intensifica al continuar por una carretera secundaria. A partir de Livingston vemos crecidas en los ríos. Balsas de agua cubren el asfalto. La experiencia del ya lejano primer día de marcha nos confirma que el resultado de esa combinación es una caladura.

Sabiendo que para las próximos fechas tenemos el mismo pronóstico, vamos avanzando hasta concluir la etapa en Fauldhouse, nada más parar la lluvia.

Toca desplazarse de Fauldhouse a Blantyre, utilizando dos furgonetas y el tren. Sorpresa, para recorrer 30 kilómetros hay que subir a tres trenes. Entretanto, el cielo se tiñe de púrpura cuando el sol se sumerge en el mar de Irlanda.

Los locales de la iglesia católica de Blantyre, en la periferia de Glasgow, serán nuestro campo base cuatro jornadas. La ventaja es no tener que mover el equipaje durante ese tiempo. Por lo demás, toca dormir en el suelo y no hay wifi. Ducha en un polideportivo.

Nos invitan a cenar en el centro minero Blantyre Miners Welfare Social Club. A la entrada un cuadro representa el accidente que en 1877 segó la vida de 207 mineros, hombres y niños.

Dentro del local hay un grupo de unas 30 personas, integrantes de la marcha cristiana. Salieron de Londres el 5 de setiembre, vienen por el lado occidental de Gran Bretaña. Nuestra columna partió el 2 de octubre de Portsmouth y hasta Edimburgo ha venido por el este. El encuentro se celebra con aplausos, saludos mutuos y foto conjunta.

Shotts, lugar de paso, tiene 10.000 habitantes. Hasta mediados del XIX su actividad laboral estuvo vinculada a la minería y la industria metalúrgica. La alternativa al cierre de las minas fue una prisión de alta seguridad. Aquí nació el dirigente minero Michael McGahey. Shotts ganó el campeonato mundial de gaitas en 2015.

28. Fauldhouse – Blantyre

La etapa previa a entrar en Glasgow se parece a la primera, cuando iniciamos la marcha en Portsmouth con lluvia intensa, carreteras inundadas, caminos embarrados y caladura de marchistas.

Volvemos a Fauldhouse para reanudar la caminata donde la dejamos. Llovizna, sin viento ni frío. La lluvia se intensifica. En la carretera hay balsas de agua. Los vehículos parecen embarcaciones fueraborda al levantar olas de dos metros. De poco sirve la ropa impermeable.

Pasamos a una ruta secundaria con poco tráfico. Discurre por una zona arbolada con colorido otoñal. Los ríos se desmadran, hay árboles caídos en los cauces. Por seguridad tomamos un camino rural. No hay riesgo de atropello, pero el avance es lento y frecuentes los tramos encharcados.

El camino se acaba convirtiendo en cauce de las aguas. Saltando vallas topamos con la alambrada del tren. Con más esfuerzo que destreza logramos superar los obstáculos y llegar a un pueblo. Nos abren el pub para guarecernos y tomar algo caliente.

Al reanudar la marcha la lluvia sigue sin dar tregua. Persistirá durante el resto del recorrido y, como la víspera, deja de caer agua al entrar en Blantyre.

Blantyre tiene 20.000 habitantes y seis iglesias. En 1877 un accidente minero provocó 207 víctimas. Aquí nació David Livingstone, misionero y explorador. Es célebre la frase pronunciada en 1871 en Tanzania por el periodista Henry Stanley: «Doctor Livingstone, supongo». La casa natal de Livingstone es museo.

29. Blantyre – Glasgow

 La última etapa de la marcha es la más corta, con 15 kilómetros. La lluvia nos respetará durante toda la jornada. Caminaremos en bloque con el grupo cristiano que partió de Londres, lo cual dará al acto un carácter ceremonial.

Su columna está integrada por unas 50 personas y multitud de banderolas multicolores. Se han ido relevando a lo largo de 55 etapas. Se alojan en centros religiosos. Llevan grandes mochilas que obligan a realizar frecuentes paradas. Su marcha se llama «Camino», en clara referencia al trazado compostelano.

En nuestro equipo somos una docena, viajamos ligeros de equipaje, condición necesaria para poder realizar la travesía completa en 29 jornadas. La excepción es Anton; se pasó del otro grupo al nuestro para ir más rápido, sin dejar de cargar con su pesada mochila.

En el transcurso de la marcha llegaron varias propuestas de integración, pero la capacidad logística no permitía ampliar el grupo. Al final dispusimos también de la furgoneta de Phil. Venía actuando con su bicicleta como escudo humano para evitar atropellos en las carreteras.

Salimos pues de Blantyre temprano. En el recorrido que podría durar tres horas tardaremos cinco. El encanto del paisaje y el trato cordial entre gentes diferentes explican la lentitud. No obstante, parece que en vez de integrarse dos grupos se ha desintegrado el nuestro.

Ignoramos la relación entre las distintas iglesias, pues resulta evidente que hay jerarquías y disciplina. No ven con agrado saltarse la cabecera para sacar fotos. Las paradas están programadas. Hay símbolos religiosos y vestimenta hippie. Huele a incienso y a pachuli.

Avanzando por carreteras secundarias, en el primer núcleo urbano enlazamos con un paseo de ribera que acompaña al caudaloso río Clyde. Viene crecido y se ha desbordado. En un punto hay que optar entre pisar barro o descalzarse.

Al asomar las torres de las iglesias de Glasgow aparecen los primeros policías, a pie y a caballo. En la cabecera de la comitiva se despliega una pancarta, sin invitar a portarla a nadie de la columna hispano-británica. Este es el mensaje: «Faith Bridge. United for our sacred earth».Es decir: «Puente de fe. Unidos por nuestra sagrada tierra».

En la explanada del monolito dedicado a la batalla de Trafalgar hay gente con más banderolas, junto con una nube de micrófonos y cámaras. Comienza una larga performance con ritual sacro que acapara el interés de la prensa.

Cuando por fin se pone en marcha la comitiva, custodiada por centenares de policías, se recorre el centro histórico de Glasgow hasta el ayuntamiento. De las farolas cuelgan carteles que anuncian la Cumbre Internacional del Clima.

Glasgow, cerca de 700.000 habitantes, es la cuarta ciudad más poblada de Gran Bretaña. En sus astilleros, situados en la desembocadura del río Clyde, se construyeron trasatlánticos tan célebres como el Queen Mary, Queen Alizabeth y el yate real Britannia. Quedan dos astilleros militares.

 Entre los edificios singulares destacan la catedral de San Mungo del siglo XII y la universidad primitiva del XV. Apenas queda arquitectura medieval, aunque abundan las construcciones victorianas.

Remontándonos en la historia, hasta Glasgow llegaba el muro romano de Antonino, que enlazaba el Mar del Norte en el fiordo de Forth. Se empezó a construir 20 años más tarde que el Muro de Adriano. Apenas se conserva nada de su trazado.

El carbón, el hierro, las materias primas traídas de lejanos territorios del imperio británico enriquecieron a una burguesía capaz de impulsar la cultura y el arte.

A diferencia de otras grandes urbes, mediado el siglo XX la población de Glasgow se redujo casi a la mitad, a causa de la remodelación de los barrios antiguos y el trasvase habitacional a nuevas áreas industriales. En 1950 era una de las ciudades más pobladas del mundo con 1.000.000 de habitantes.

La problemática de la vivienda en Glasgow se agudizó en la Primera Guerra Mundial. Propietarios de viviendas de alquiler aumentaron las tarifas aprovechando la ausencia de los hombres. En 1915, en plena guerra, hubo movilizaciones dirigidas por la Asociación de Vivienda para Mujeres, que contaron una destacada participación de la activista Mary Barbour. Al acabar la guerra se construyeron más de 200.000 viviendas subvencionadas. Mary Barbour se implicó además en una asociación de mujeres por la paz que reclamaba un armisticio parando la guerra. En varias ciudades de Escocia hay monumentos dedicados a Barbour. El de Glasgow se inauguró el 2018.

Las penurias de Glasgow no acabaron al finalizar las guerras. La obra de Douglas Stuart, titulada ‘Shuggie Bain’, recién publicada en castellano, refleja las míseras condiciones de vida de la clase obrera en los años 80 del pasado siglo, en pleno periodo thatcheriano.

Concluida la marcha a través de Gran Betaña, recorridos mil kilómetros con una media de 35 por jornada, llegan volando mandatarios de numerosos países, ricos y pobres, relevando a quienes vinimos andando. La consigna está lanzada: si hemos sido capaces de caminar durante un mes, los dirigentes políticos pueden y deben evitar la emergencia climática. Flotando en el aire queda la canción de Nicky que cantamos en actos públicos: Somos la rebelión / es ahora o nunca / hay que actuar / contra la exclusión.

El centro católico de Blantyre donde hemos pasado cuatro noches se vacía, quien salga al final apagará la luz. De vuelta a nuestros lugares de origen recordaremos la frase del sindicalista escocés Michael McGahey: «Somos un movimiento, no un monumento».

 

 

LUIS ALEJOS



Categorías:EQUIPO DE REDACCIÓN

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