EL RENACER DEL FASCISMO EN EL ESTADO ESPAÑOL

“Ningún gobierno lucha en contra del fascismo para destruirlo. Normalmente lo intentan mantener más o menos controlado cuando le conviene, pero cuando la burguesía ve que el poder se le escapa de las manos, alza la bandera del fascismo para mantener sus privilegios y aplastar cualquier disidencia.

El contexto europeo del fascismo

El fantasma del resurgir de los totalitarismos fascistas, nazis y franquistas con su lenguaje actualizado racista, antiinmigrante, xenófobo e islamófobo lleva décadas en Europa y en los últimos tiempos viene cobrando un impulso preocupante. Los fascistas obtienen cada vez mejores resultados electorales y, aunque sólo en contadas ocasiones forman parte de Gobiernos, su presencia política y su actividad pública tienen una creciente influencia.

El fascismo europeo agita banderas nacionales y racistas como un elemento divulgador de sus premisas. Y a ello se une el clasismo utilizado como arma, pobres contra pobres en una guerra global. El fracaso evidente de la política tradicional se vuelve contra ella en forma de extremismos de ultraderecha.

No reconocemos a los fascismos por sus ideas, pues no tienen ninguna, pero sí por sus acciones y su práctica política, nutrida de resentimiento, miedo e ira. El fascismo incita a la violencia, ensalza el materialismo más rastrero, se escuda en la xenofobia y odia la vida intelectual. El fascismo alimenta los peores sentimientos de las personas, movilizando la ignorancia y los prejuicios, alimentándolos y halagándolos. Europa no se enfrenta a una amenaza del populismo, sino a la del fascismo.

De estas fuentes envenenadas se alimentan movimientos como el UKIP en Gran Bretaña, AMANECER DORADO en Grecia, el NSU en Alemania y Austria, el JOBBYK en Hungría, el RENOUVEAU FRANÇAIS y el FRONT NATIONAL en Francia, etc. Todos ellos y muchos más similares son la cara actualizada de fascismos y nazismos en el Viejo Continente.

Sin embargo, la idea de que el fascismo y el racismo en Europa sólo tienen que ver con estos grupos no pasa de ser una estrategia para encubrir y negar el racismo y cierto totalitarismo mantenido por la Unión Europea, sus estados miembros y todos sus organismos. Esta estrategia es utilizada para intentar invisibilidad el carácter racista y excluyente de la Europa blanca y contemporánea, una identidad que se autodenomina como “democrática”, pero que en realidad se utiliza para legitimar el uso de la violencia contra aquellos pueblos del sur y contra las comunidades migrantes y racializadas, a las cuales se acusa de no poseer esas características que se atribuye a sí misma la identidad europea actual. Así, la UE, sus instituciones, sus medios políticos, sus estados miembros, sus ideólogos y gran parte de su ciudadanía, tienen la responsabilidad de haber construido y reforzado las estructuras del racismo institucional y social que le ha servido a la ultraderecha para escalar cotas de poder.

La farsa de la Transición como caldo de cultivo del fascismo español

Una vez concluida la Segunda Guerra Mundial los fascismos y nazismos fueron perseguidos y destruidos en gran parte. Se produjeron fusilamientos, depuraciones y ofensivas para extirpar el fenómeno nazi-fascista.

¿Por qué no ocurrió lo mismo en España? Sencillamente porque aquí el fascismo bajo su forma franquista, ganó la guerra contra la democracia. Fue el único fascismo sobreviviente del conflicto bélico, y después del final el régimen fascista español fue tolerado por los aliados vencedores al considerarlo un activo en la lucha contra el comunismo. Así pervivió este fascismo sin apenas problemas. Y tuvo mucho tiempo para afianzarse y para ello se basó en una ideología totalitaria, el llamado nacional-catolicismo, o franquismo, disfraces semánticos para definir una forma de fascismo. Esta ideología afectaba a la totalidad de la sociedad, invadiendo incluso las esferas más íntimas de los individuos, que incluía desde el comportamiento sexual, al idioma y cultura en la que estaba obligado expresarse. Se imponían toda una serie de normas de comportamiento y de pensamiento; era el régimen donde todo lo que no estaba prohibido, era obligatorio. Igualmente se impuso un nacionalismo español extremo, de carácter fascista y racista, sumamente excluyente; todo lo que no fuese España era considerado anti-España, y por lo tanto reprimido y eliminado.

Este fascismo siempre estuvo y está intrínsecamente unido a la Iglesia Católica, una de las más totalitarias y retrógradas del mundo. No es que la Iglesia apoyara la dictadura, sino que era un componente claro y decisivo de ella. La hipocresía de la Iglesia negando esta vergonzosa realidad es inmoral e intolerable.

Asimismo la represión genocida fue una de las mayores, con centenares de miles de personas asesinadas por el régimen fascista una vez concluida la guerra, siendo hoy en día el estado español el segundo país del mundo (después de Camboya) con más fusilados y desaparecidos del mundo.

El fascismo español fue, en realidad, uno de los regímenes con una ideología más totalitaria y criminal que hayan existido en Europa.

El verdadero problema, es que una vez muerto Franco, se perdió la oportunidad de acabar con su régimen. Eso se explica, en parte, porque cuarenta años de dictadura fascista, seguidos de treinta y muchos de democracia “tutelada”, enormemente supervisada por la Monarquía franquista y el Ejército, han imposibilitado el cambio profundo del fascismo. En este sentido la llamada Transición fue una farsa, cambiar algo para que en el fondo nada cambiase.

La Transición fue debida al empeño de un sector del fascismo franquista para erigirse en vértice de todos los acuerdos de cara a seguir preservando los intereses y privilegios de la clase dictatorial. Los cambios sólo deberían ser cosméticos y semánticos. Así fue como el proceso de reforma se convirtió en una exaltación del famoso “consenso”, que no fue más que un reparto de cromos y una preservación de intereses y prebendas. Y todo ello se hizo con la connivencia de las fuerzas antifranquistas de casi toda la izquierda que se desembarazó de sus ideales revolucionarios y de sus convicciones para pasarse a la moderación calculada para encajar mejor en el reparto del pastel.

Durante la Transición, la exaltación del consenso obligatorio de la clase fascista envenenó todo el proceso desde el comienzo. Y es que el fetiche del consenso iba a permitir silenciar todas aquellas luchas que desde los márgenes de la legalidad o completamente fuera de ella, no se resignaban a aceptar un proceso de reforma tutelado por los grandes jerarcas de la dictadura fascista. Todas estas fuerzas que se atrevieron a mantenerse al margen de la farsa de la transición y el consenso fueron descalificadas como extremistas e insensatas, cuando no perseguidas y diezmadas.

A pesar de toda la literatura vertida, la Transición nunca fue capaz de desatar un gran entusiasmo popular. Si bien es verdad que las primeras elecciones formalmente democráticas fueron objeto de una euforia democrática y la celebración de las libertades, no tardó en llegar a la desconfianza, el desconcierto y la apatía. Pronto se llegó a un sentimiento de haber sido traicionados por una nueva clase política que seguía con sus métodos fascistas puestos al día. El fervor democrático fue dejando paso a una sensación general de incomprensión y cansancio que la prensa bautizó como desencanto.

Lo cierto es que siempre hubo motivos sobrados para desconfiar de la transición. En primer lugar porque el rey educado bajo los principios fascistas, nunca renegaba ni renegó de ellos. En segundo lugar, porque el control del país nunca dejó de estar en manos de los altos mandos franquistas, compartiendo el poder con los “moderados” socialistas. En tercer lugar porque la tutela que impusieron las fuerzas armadas impidió en la práctica un debate público en igualdad de condiciones. De la noche a la mañana, los mismos que habían sostenido una dictadura sangrienta y asesina hasta los últimos día de vida de Franco, aparecían ahora como garantes del proceso democrático; se habían acostado una noche franquistas, y se habían despertado al día siguiente, demócratas.

La Transición permitió a los cargos fascistas perpetuarse en sus puestos con todos sus privilegios y sin tener que rendir cuentas de sus delitos. Los mismos militares fascistas siguieron en sus puestos, y permanecieron también los mismos mandos policiales que todavía entonces sembraban el pánico en las calles, que habían asesinado a disidentes, que habían torturado en oscuros calabozos. Siguieron también en sus puestos los mismos jueces artífices de tantos juicios sumarísimos, de tantos silencios sobre torturas, de tantos fusilamientos. La jurisprudencia actual, o al menos la mayor parte de ella es la que procede de los jueces fascistas. Los grandes grupos empresariales y de los medios de comunicación continúan intactos. Las mismas grandes fortunas que engordaron robando bajo el régimen más corrupto de Occidente, continúan todavía hoy al amparo del parlamentarismo constitucional. Y nadie se metió ni entonces ni ahora con la poderosa Iglesia.

Además, la Transición fue un baño de sangre, el régimen asesinó por medio de sus policías y guardias civiles a 600 antifascistas de diversas organizaciones y a otros que no pertenecían a ninguna organización. Los presos políticos se contaban por decenas de millares, siendo torturados muchísimos de ellos

En esta farsa de la transición, la oposición antifranquista pasó de ser un convidado pobre al banquete, a aliarse en la práctica a las políticas del neo-fascismo. La traición de la mayoría de la izquierda a sus ideales y a las clases populares, es una de las páginas más vergonzosa de la historia de este país.


El fascismo actual en el Estado Español

En este país, el más desigual e injusto de Europa, hace mucho tiempo que el Estado perdió la poca soberanía que le quedaba, gobernando únicamente para los mercados financieros y sus propios intereses y los de la clase social que lo apoya. La actual democracia de masas está completamente vacía y halaga los peores instintos de la sociedad. Una banda de políticos, empresarios y banqueros, con las herramientas de la Justicia, la Policía y la Iglesia han secuestrado lo que podría haber de democrático en este país y están llevando una vuelta al fascismo para privar a la sociedad de sus derechos.

Ya hace décadas que con los varios gobiernos del PP y la complicidad del PSOE y CS,s venimos sufriendo a un Estado represor que cada vez más recurre al fascismo de los muchos franquistas que nunca se fueron. El aumento del fascismo y el nazismo en el estado parece imparable y aumenta sin cesar, siendo que el PP y Ciudadanos lo estimulan y manipulan, y la supuesta izquierda no se atreve a oponerse. La impunidad con la que actúan los nazi-fascistas es alarmante, pero ni el estado ni los medios hacen nada para remediarlo, más bien todo lo contrario.

Esto se comprende muy bien en el PP que es como el escorpión de la fábula, siempre le sale su carácter franquista aunque lo fastidie todo. Este partido nunca ha creído en la democracia, diga lo que diga, a nada que tenga oportunidad hace lo que le dicta su ADN franquista, pervertir las herramientas de la libertad para oprimir y robar. Por mucho que trate de defenderse, el PP es un partido defensor del fascismo y el franquismo. Las pruebas no dejan lugar a dudas. Y lo mismo ocurre con la monarquía, que heredera del franquismo, sigue sin desacreditar a su mentor.

Peor es el caso del PSOE que no sólo también es cómplice de estas derivas de fascismo, sino que lo fomenta al realizar las mismas políticas economicistas del PP. A lo largo de sus años en el poder jamás ha hecho ninguna política verdaderamente social y, desde luego, nunca se ha propuesta siquiera frenar el auge de estos extremismos, son la socialdemocracia capitalista más cobarde y pusilánime de nuestra historia.

Vivimos en un estado represor de los derechos y libertades fundamentales, un estado autoritario en el cual no existe la separación de poderes ni verdaderas garantías democráticas; todo ello con la casi totalidad de los medios vendidos al poder, y con el apoyo total de empresarios, iglesia y fuerzas armadas.

Durante un tiempo los medios decían que a diferencia del resto de Europa, en el Estado español había grupos neonazis y fascistas, pero que eran minoritarios y no tenían un poder verdadero. En realidad lo que ocurría y ocurre es que la extrema derecha formaba y forma parte del PP, el partido incorporó desde el principio el franquismo ideológico dentro de él. El PP y sus derivados como Ciudadanos, Vox, etc., lo han incorporado sutilmente a sus postulados.

Lo que ocurrió es que mientras no fue necesario se acallaron las bandas fascistas, pero desde la gran crisis económica y social los diferentes gobiernos de la derecha han resucitado el monstruo de formas diferentes aunque complementarias.

Por un lado, cada vez que se necesita, como en la crisis de Catalunya, se vuelve a echar mano de las bandas fascistas como antes y se las deja actuar impunemente en sus ataques callejeros. Se les garantiza, en la práctica, una total impunidad. Es más, de forma periódica se les estimula con declaraciones de los más fascistas miembros del aparato del PP. Así, de forma periódica, se desatan las furias de los descerebrados fascistas, en muchos casos auténticos terroristas, armados de banderas rojigualdas y barras de hierro, gesticulando y amenazando como locos peligrosos.

Por otro lado, desde los gobiernos de Rajoy se ensalza públicamente el fascismo, y se permite la apología de la dictadura. Para el PP la única memoria histórica es la franquista. Los fusilados y asesinados por el fascismo, los represaliados y asesinados por el terrorismo de Estado (entre ellos el dirigido por el PSOE) jamás han sido reconocidos ni rehabilitados.

Y por último, una vez reivindicado el fascismo con descaro, los distintos gobiernos del PP instauran medidas tendentes a convertir el estado en uno totalitario con grandes rasgos fascistas. La llamada “Ley Mordaza” criminaliza las ideas, la libertad de expresión, censura los medios que no son afines, se persigue a artistas, cómicos, a la ciudadanía disidente de todo tipo y condición. Se cerraron periódicos, se censuran libros, en definitiva, se criminaliza cualquier tipo de denuncia de la continuidad del franquismo y la colaboración de gran parte de la izquierda en ello. Es el reavivamiento del fascismo que nunca nos dejó.

El PP cuenta para esta vuelta a rasgos dictatoriales con la Justicia más vendida, retrógrada e ineficaz de Europa, unos jueces que representan lo peor del patriarcado y del orden fascista.

Cuenta con muchas simpatías en las fuerzas armadas, en la Iglesia, en el tejido empresarial y en el universitario. Y desde luego con los medios, pudiendo decir que, salvo honrosas excepciones, tenemos la peor prensa europea, la más manipuladora, comprada por el poder sin casi excepciones. Tenemos una dictadura mediática que no permite la diversidad ideológica que debería estar presente en una democracia de verdad.

Si una de las características de los regímenes totalitarios es la de perseguir, detener, juzgar sin garantías, ejerciendo la venganza y no la justicia, encarcelar a personas por sus ideas políticas, el proteger la tortura y a los torturadores, en suma atacar a cualquier disidencia política, cultural, mediática o social, entonces estamos en un Estado con clara tendencia autoritaria.

No obstante en este proceso totalitario hay modificaciones que hacen más difícil el combatirlo. Aquí, los dictadores reprimen disfrazados de demócratas. Aquí la Justicia actúa contra el pueblo bajo apariencias legales. Aquí no se fusila pero se lleva a la miseria a la mayor parte de la población, condenándola a sobrevivir a duras penas. Acaso ¿no estamos viviendo un paulatino golpe de estado fascista, cuando se apoya descaradamente a los poderosos y corruptos de toda índole mientras se macha y oprime a los más necesitados?

Cada día que pasa los diversos gobiernos empeoran más y más la situación de las clases populares. Quieren tener al pueblo sumiso, temeroso y manipulado, para seguir haciendo todo lo que exigen los poderes económicos, las mafias que dominan este país. Tanto derecha como izquierdas, salvo excepciones en este último caso, se han convertido en bestias negras que acaban con la moral y hasta con la vida de tantas personas, sin sentir el más mínimo remordimiento por ello. Hemos padecido gobiernos muy malos, pero los últimos de la derecha han desbordado la previsiones más pesimistas, empeorando la ya deteriorada convivencia de esta sociedad, día a día.

Y lo peor de todo, salvo ciertos sectores sociales, el pueblo cada vez más oprimido, participa gustoso de la farsa o del drama, según se mire. El pueblo, en su inmensa mayoría, idiotizado, manipulado, alimentado desde el sistema en sus más bajos instintos, alaba a los dictadores de la económioa y se niega a considerarse oprimido. El pueblo camina como rebaño de ovejas sumisas al corral que se le destina; el matadero se reserva a las ovejas negras, valientes, que se enfrentan a sus pastores.

 

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