Al entrar en la celda me encontré con un compañero. Como tarjeta de presentación diré que era miembro de uno de los grupos de folk más populares del País Vasco. Nos miramos sin decir nada, como si no nos conociésemos. Después llegó otro compañero, trabajador de Basauri. Ya podíamos hablar sin rodeos, estábamos plenamente identificados y clasificados. Nos habían detenido por ser militantes de la izquierda radical política y sindical. Trascurría la madrugada del jueves 3 de marzo de 1977. Durante la jornada estaban convocadas movilizaciones en homenaje a los cinco obreros asesinados en Vitoria y en repulsa por esa matanza perpetrada por la Policía Armada un año antes, el miércoles 3 de marzo de 1976. La consigna más coreada en las calles sería una vez más: ¡Cuerpos represivos, disolución!
Aislarnos en los calabozos de la comisaría de Indautxu como presos preventivos, con intención de obstaculizar las movilizaciones venideras, era un indeseado e inmerecido reconocimiento de liderazgo que no estábamos en condiciones de agradecer. A mí me vinieron a buscar pasada la medianoche, despertando a todo el vecindario mientras subían hasta la buhardilla, un sexto piso sin ascensor y con escalera de caracol. Sabían a qué iban, no se molestaron en registrar nada, se conformaron con llevarse como coartada de la detención obras de Lenin, Stalin y Mao. El Capital de Marx no les interesaba; son tres volúmenes tan densos que Fraga Iribarne autorizó en 1967 su publicación íntegra, pero no versiones resumidas de divulgación. También cargaron con un paquete de octavillas llamando a las movilizaciones de la jornada. Era el resto de las difundidas el día anterior, después de alfombrar los recorridos fabriles que unían Barakaldo con Sestao.
Me metieron en un coche camuflado negro, no en una de las habituales “lecheras” blancas. Por un momento temí que me hubiesen raptado elementos parapoliciales de extrema derecha. Me tranquilicé (es un decir) al reconocer al conductor. Era uno de los polis que habitualmente iban a la fábrica cuando había asambleas con reivindicaciones sociopolíticas, o sea, todas. Se colocaban detrás de las columnas de las oficinas, a un paso de los oradores, levantando acta de quién hablaba y qué decía. Nunca lo hicimos público. No podíamos prever la reacción de los miles de trabajadores que acudían a las asambleas. Circulando por las calles desiertas de Bilbao en la madrugada, entre dos guripas con gabardina y no recuerdo si también gafas oscuras, aunque no se molestaron en esposarme, recordé que el lechero nunca llama a la puerta tan temprano.
En cuanto empezó a clarear aquel 3 de marzo de 1977, nuestra celda se fue llenando de gente golpeada e incluso herida. Primero llegaron los madrugadores de los piquetes de las fábricas, después los del comercio y de las concentraciones matinales. Las constantes incorporaciones de la tarde mostraban la dimensión de las movilizaciones de la jornada. Al llegar compartían el relato de sus experiencias con los más veteranos del lugar, permitiéndonos llegar a la conclusión de que nuestra detención preventiva no había servido de nada. La mayoría reconocía al compañero cantautor, alguien le pidió que cantara. Vano intento, un ruiseñor no canta enjaulado.
Tras pasar la noche en vela, hacinados en la celda, sin espacio siquiera para tumbarnos en el suelo, de tal modo que no se oían ronquidos, al día siguiente, 4 de marzo, los arrestados de la jornada de lucha salieron de la Jefatura Superior de Policía de Bilbao con el salvoconducto de una multa gubernativa. Los detenidos preventivos fuimos detrás, sin pasar por las salas de interrogatorio para conocer al poli bueno y al poli malo. Un servidor, al salir por la puerta de atrás, entré por la puerta principal a reclamar los libros que me habían robado. La respuesta fue categórica y convincente: “Marcha de aquí rápido si no quieres volver a entrar”.
Medio siglo después de la masacre, la ciudadanía demuestra en Vitoria que las calles deben ser un espacio de libertad, no sometido al dominio de la violencia institucional, conforme pretendía el déspota Fraga Iribarne con su frase más célebre: “La calle es mía”. Pasada la hora de la justicia y de la depuración de responsabilidades, que no ha sido capaz de afrontar una democracia ciega y débil, Vitoria recupera su memoria histórica, reclamando al Estado español una declaración inequívoca de reconocimiento de la verdad, reparación de los daños causados y no repetición de asesinatos y abusos de autoridad. El gobierno actual tiene la oportunidad y la obligación de reconocer aquellos delitos cometidos en nombre del Estado. Entretanto, seguiremos gritando cada 3 de marzo: “Vitoria, hermanos, nosotros no olvidamos”.
LUIS ALEJOS
Categorías:EQUIPO DE REDACCIÓN

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