COP3O. EL FONDO DE FINANCIACIÓN PARA LAS SELVAS TROPICALES (TFFF). UNA FARSA MÁS.

El anuncio por parte del gobierno brasileño del “Fondo de Financiamiento para las Selvas Tropicales.TFFF” como panacea al desastre climático no es sólo un equívoco técnico, es una trampa política e ideológica. Representa la faceta más peligrosa del “capitalismo verde”. Se trata de una emboscada que pretende canalizar el colapso climático en beneficio de los mismos actores que causaron la crisis. Y para entenderlo, es necesario desmontar sus ilusiones desde la raíz. 

El TFFF sólo es una estrategia de “greenwashing”, es decir un “lavado verde”, un ejemplo de “capitalismo verde” que mercantiliza la naturaleza y no sólo ignora las causas de la destrucción de las selvas tropicales sino que es cómplice de esa destrucción con el avance del agronegocio, la explotación del petróleo y la minería.

La principal crítica al TFFF es que atribuye un precio a la naturaleza, usando la lógica del mercado. Se trata de un “colonialismo verde” que ignora a propósito las causas estructurales de la degradación ambiental, mientras contribuye a esa destrucción con acciones que profundizan la explotación de los recursos naturales. El TFFF permite a las grandes corporaciones continuar con sus prácticas depredadoras mientras simula enfrentarse al cambio climático. El TFFF mercantiliza la naturaleza, convirtiendo a las selvas y la biodiversidad en activos financieros y certificados de emisión de carbono sin la menor preocupación por el desastre climático y ambiental.

El TFFF está concebido como un mecanismo que monitorízar los servicios ecosistémicos de las selvas: regulación climática, captura del carbono, mantenimiento hídrico y biodiversidad, entre otros. En su versión conceptual propone pagar 4 millones de dólares por hectárea de bosque tropical preservado, lo que sumando todos los territorios generará millones de hectáreas, creando un fondo global de 125 millones de dólares que, invertido, generaría rendimientos ara mantener los pagos. La idea es simple y seductora: transformar las selvas en activo financiero, incluirlas en el mercado de capitales como si fuese una acción que concede dividendos ambientales. Pero es justamente en esa seducción donde reside la trampa.

Primero: Los 4 dólares por hectárea son ridículos ante la enorme escala de los servicios ecosistémicos que se pretende monitorizar. Una selva tropical ofrece regulación del clima, mantenimiento de regímenes hídricos, biodiversidad vital y resiliencia a los cambios, ¿y todo eso por 4 dólares?. Es una cifra simbólica, no una compensación justa. Ese insuficiente valor no surge de un cálculo ecológico, sino de expectativas de retorno financiero compatibles con el mercado. O sea, es el mercado que define el valor de la naturaleza, no es la naturaleza la que impone su valor real.


Segundo: El TFFF no propone transferir recursos directamente a las comunidades, pueblos indígenas o movimientos que preservan las selvas. Los pagos serán dirigidos a los Ministerios de Hacienda de los países participantes, que decidirán como usar esos fondos internamente. Sólo se contempla que sólo “algún porcentaje”, “máximo un 20%”, será destinada a los pueblos indígenas y comunidades locales, y ni siquiera eso será seguro. En otras palabras, el TFFF consolida la via estatal y centralizada de la conservación, reforzando el papel de los Estados como intermediario, no contemplando apenas a las poblaciones locales que viven en las selvas

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Tercero:  Y ni siquiera esos fondos es seguro que lleguen. El mecanismo depende de conseguir 125 billones de dólares a través de inversiones públicas y privadas, generar lucros constantes del 7,5% al año, y mantener pagos incluso en un clima de crisis financieras. Si el Fondo no consigue esos retornos, los pagos podrán ser reducidos o suspendidos, y el mecanismo incluso prevee una “liquidación ordenada”. Es decir, las selvas serían dependientes de un régimen financiero volátil, sujetas a los vaivenes del mercado, a los ciclos de las crisis y la especulación, exactamente lo opuesto a la seguridad que se exige para enfrentar el colapso climático.


Cuarto: Al operar con una lógica bancaria, el TFFF genera nuevas deudas y obligaciones. Los países patrocinadores y los inversores privados serán acreedores que esperar un retorno de lucro, en tanto que los países amazónicos podrían ver sus reservas transformadas en garantías de títulos y obligaciones externas. ¿Quién responderá si los países incumplen sus pagos futuros? ¿Cúal será el nivel de austeridad exigido para cumplir los compromisos? Esos riesgos no son contemplados en el Tratado. 

Quinto: El TFFF participa de una estrategia más amplia de despolitización de las soluciones climáticas, al transformar en “fallo de mercado” que podría ser corregido con instrumentos financieros. El TFFF oculta a propósito la raíz de la crisis, la acumulación capitalista, la expansión infinita, el saqueo de los territorios y el poder de los grandes grupos económicos. Ignora que la crisis climática es el resultado de una civilización que convierte todo en mercancía.

 

Además de eso, el TFFF es una falsa solución porque no altera las relaciones de poder. Entrega en las manos de los Estados nacionales, muchos de ellos corruptos y subordinados a los intereses de las transnacionales, una nueva herramienta con máscaras verdes. Eso no significa que el Estado deba ser excluido del proceso. Al contrario, es necesario redefinir el papel del Estado a partir de un control social efectivo y del consentimiento libre, previo e informado de las comunidades que habitan y protegen las selvas. Un Estado democrático, bajo presión popular, puede ser instrumento legítimos de la defensa de la vida y de la naturaleza. Pero, para eso, debe actuar como gestor de activos ecológicos, sino como mediador transparente, subordinado a las decisiones de las comunidades locales, a los consejos territoriales y a los pactos colectivos que respetan los derechos de los pueblos originarios y tradicionales. Sin esa transformación profunda del papel estatal, el TFFF seguirá operando como instrumento centralizador y tecnocrático. El TFFF no exige que se interrumpa la expansión del agronegocio, la mineración, las carreteras o del petróleo, el Tratado solo recompensará a aquellos que mantengan una mínima cubierta vegetal. No garantiza la integridad territorial, ni los derechos indígenas, ni los modos de vida autónomos. Al contrario, refuerza la idea de que es el Estado quien decide lo que es selva en pie, lo que es permitido y lo que no, como si fuese un árbitro imparcial.

Seamos claros: combatir el colapso climático no es una operación de ingeniería financiera. Es una operación política y revolucionaria. Es rechazar que la vida sea transformada en un título mercantil negociable. Es afirmar que las selvas, los ríos, los seres vivos tienen derechos que no pueden ser capturados por los mercados. Es exigir que quien destruye, pague; que quien resista, persista. El TFFF, con su fachada seductora, es sólo una máscara del capital, y debemos desnudarla antes que se vuelva inevitable.

Redacción y compilación: Alberto Martínez López

Fuentes:

APIB – Articulación de los Pueblos Indígenas del Brasil.

BdF – Brasil de Fato.

USP – Universidad de Sao Paulo. / Wagner Ribeiro.- Socioambientalista.

Unicamp – Luiz Marquez.- Profesor.

ALBOAN – Texto: “ABC de las COP.s.

GREENPEACE.



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