Balance de la marcha y de la Cumbre del Clima de Glasgow.

Los gobernantes coinciden en el diagnóstico de la crisis del clima, pero en vez de establecer tratamientos de choque para evitarla, aplican cuidados paliativos que prolongan la agonía.

Los resultados de la conferencia convocada por la ONU para evitar las trágicas consecuencias de la emergencia climática son desalentadores. No aportan avances significativos respecto a los incumplidos acuerdos de París del 2015. En realidad poco importan las conclusiones, se trata de simples recomendaciones, no de obligaciones. Es una competición para precisar los términos del relato. Se valora más la redacción de la declaración final que las medidas precisas para proteger la vida del planeta. El balance es tan decepcionante que a quienes caminamos 1.000 km a través de Gran Bretaña para llegar a Glasgow al comienzo de la cumbre, nos toca reflexionar sobre la utilidad del penoso esfuerzo realizado a lo largo del mes de octubre.

La deriva del Pacto Climático de Glasgow

Los gobernantes del planeta coinciden en el diagnóstico de la crisis del clima, pero en vez de establecer tratamientos de choque para evitarla, aplican cuidados paliativos que prolongan la agonía. Por fin reconocen que los combustibles fósiles, petróleo, gas y carbón, son los mayores responsables del cambio climático, pero en vez de reducir su uso permiten que sigan teniendo cuantiosas subvenciones, hasta triplicar las ayudas que reciben las energías renovables, tan necesarias para lograr la sostenibilidad climática. Sin poder lograr un compromiso creíble, las negociaciones de la COP26 se estancan. Hay demasiados intereses en juego.

La cumbre se prolonga, hace falta un acuerdo para evitar el fracaso. El escollo es el carbón, concebido como cuestión terminológica. Basta poner en la declaración final reducir en vez de eliminar, para lograr el consenso y asegurar el éxito de la cumbre. No es casual que el lobby de los combustibles fósiles tuviese más representantes que cualquier país. Da lo mismo si se continúa envenenando la atmósfera y provocando catástrofes medioambientales con carbón subsidiado. Tenía razón Greta Thunberg, las conclusiones de la cumbre son un «bla, bla, bla».

La concentración en Glasgow de cientos de jefes de estado y de gobierno, escoltados por miles de asesores, miles de representantes de empresas actuando como grupos de presión, miles de periodistas y miles de policías, además de la participación en la contracumbre de miles de activistas, ha supuesto un derroche de recursos naturales, económicos y humanos, agravando todavía más la emergencia climática. NO importa, todo suma en el PIB y engorda las cuentas de resultados de las empresas que han intervenido en el complejo proceso de la COP26.

Sería un falso consuelo pensar que al menos se mantiene el objetivo fundamental: lograr que al finalizar el siglo XXI, dentro de 80 años, la temperatura global del planeta no supere en más de 1,5 grados la del inicio de la era industrial, hace dos siglos. Existe un acusado desfase entre planes inmediatos y promesas a largo plazo. Unos 140 países, de los cuales depende el 90% de la economía mundial, se comprometen a alcanzar emisiones netas cero en 2100. Sin embargo, la trayectoria actual niega tal posibilidad. Los informes científicos demuestran que los gases de efecto invernadero doblarán en 2030 el límite establecido para conseguir al objetivo final. El compromiso de reducción de emisiones entre las dos potencias más contaminantes, Estados Unidos y China, es poco probable que prospere.

Aunque hubiese voluntad política, los gobiernos no tienen autonomía para aplicar el cambio de rumbo radical que necesita el planeta. No es casual que se intensifique la presencia en las cumbres de empresas multinacionales, financieras y aseguradoras, ligadas al negocio de los combustibles fósiles. Los gobiernos ni siquiera son capaces de recaudar los cien mil millones de dólares anuales prometidos para impulsar la transición climática en los países del sur. Tal es el panorama ante la COP27 del 2022, que se celebrará en Sharm el Sheij, Egipto. Atención, la COP28 tendrá lugar al año siguiente en Emiratos Árabes Unidos, régimen autoritario, principal potencia petrolífera del Golfo Pérsico.

El aspecto más positivo de la COP26 ha sido la capacidad de movilización social lograda, tanto en Glasgow como en numerosas ciudades del planeta, destacando la decidida presencia de gente joven. Se ha exigido justicia climática en todos los continentes, con un mensaje claro: reclamando a los gobiernos que pasen de la inactividad al activismo. No basta fijar objetivos a largo plazo, urge intervenir de inmediato y rápido. Sin presión ciudadana la clase política no pasará de la teoría a la práctica. La rebelión es la esperanza y la alternativa a la extinción.

Ir andando a Glasgow, porque está ahí

Concluida la Cumbre del Clima, también toca hacer balance de lo ocurrido con la perspectiva de haber participado en la marcha que durante el mes de octubre recorrió Gran Bretaña desde Portsmouth hasta Glasgow, empuñando una consigna muy básica: «Si podemos, pueden». Sabíamos que al interactuar tantos intereses económicos y geopolíticos la causa del clima sería moneda de cambio en vez de meta común. No hubo sorpresas, aunque sí indignación. En nuestra trayectoria vital hemos pasado por situaciones parecidas, sin que el fracaso de un día nos llevase a renunciar para siempre.

Hace un siglo, el alpinista británico George Mallory declaró que quería ascender al Everest «porque está ahí». De modo similar, hemos recorrido Gran Bretaña andando porque Glasgow «estaba ahí», esperando a los mandatarios políticos que rigen el destino y la salud del planeta. Mallory pereció en el Everest, mientras su original frase pervive como símbolo del alpinismo. Ascender montañas, vivir en contacto con la naturaleza, representa hoy un componente de la calidad de vida. Nuestra marcha representaba uno de tantos elementos de presión sobre los gobernantes del planeta, para que sus decisiones evitasen la emergencia climática.

Como Mallory, decidimos alcanzar el punto más prominente de la tierra, que en ese momento era la Cumbre del Clima de Glasgow. Nuestro esfuerzo perseguía sensibilizar a la ciudadanía sobre la necesidad de actuar para que los gobiernos impulsen el proceso de descarbonización del planeta, cuestión de supervivencia para la humanidad y demás seres vivos. Los sectores más concienciados de la población han respondido con firmeza, uniendo demandas climáticas con reivindicaciones específicas de cada territorio.

La marcha a Glasgow resultó una valiosa experiencia, tanto a nivel individual como colectivo. El grupo funcionaba bien, sin tensiones, sabiendo cada cual de antemano el papel que le tocaba interpretar. Iniciamos la caminata diez personas, el equipo estable no pasó de doce, aunque la participación se ampliaba en cada etapa. El hecho de ser un grupo tan reducido facilitaba las tareas logísticas (transporte de equipaje, comidas, alojamiento, lavandería), permitió avanzar a un ritmo de 35 kilómetros de media durante 29 etapas, reduciendo el riesgo de bajas por lesiones y por contagios. Cada semana nos hacíamos una prueba de COVID-19.

Como en los países del antiguo Imperio británico y algunos más, los vehículos circulan por el lado contrario al resto del mundo. Aparte de caminar por la derecha para llevar el tráfico de cara y tener mucho cuidado al cruzar rotondas, echamos en falta arcenes y pasos de peatones. Llama la atención ver conducir autobuses de dos pisos a personas que en la Europa del sur estarían jubiladas. En el lado positivo están los policías sin armas y trato amable, mientras no sea preciso soltar a los antidisturbios. Los edificios antiguos no se restauran, los mantienen en su estado original, rodeados de vallas.

La relación con la gente que nos acogía ha sido óptima. Cuesta imaginar tanta colaboración y generosidad. Sin conocernos, ponían su casa a nuestro servicio. En general nos movíamos en un entorno social de clase media. Tener cubiertas las necesidades básicas deja tiempo para pensar en la problemática del clima. Eran esas personas que, como ocurre aquí, se pasan la vida apoyando causas progresistas. Otro aspecto que caracteriza al tipo de gente que nos ha atendido es la alimentación. La comida siempre era vegetariana o vegana. En ninguna caso comimos carne o pescado. En esas viviendas vimos libros y los televisores estaban apagados.

Otra vivencia significativa ha sido la relación con las iglesias, comiendo y alojándonos a veces en sus locales. Conocíamos de sobra a la jerarquía católica. De la anglicana cabe destacar el sacerdocio femenino. Tratando con ellas es inevitable pensar en la misoginia del catolicismo. La mayor sorpresa sería la de los cuáqueros, que se autodenominan “sociedad de los amigos”. No tienen culto, ni ritos ni templo. Se podrían clasificar como movimiento asambleario. Del sijismo o el hinduismo solo llegamos a conocer aspectos culinarios.

El idioma no ha sido un obstáculo infranqueable para entenderse. La adopción del inglés como lengua universal es un fenómeno reciente, de modo que era posible comunicarse con la gente mayor en francés. En alguna conversación se llegaron a manejar cuatro idiomas: además de inglés y castellano, francés e italiano. En caso extremo tocaba recurrir al traductor del móvil.

Algo hemos aprendido recorriendo paso a paso Gran Bretaña. Desde geografía e historia hasta arquitectura y cultura, incluyendo diseño de interiores. Al entrar en una casa, después de descalzarse sorprende que los suelos, a veces hasta en el baño, estén cubiertos de moqueta, o que en los lavabos haya dos grifos en vez de monomando. A diferencia de lo que aquí ocurre, dada la variedad de bañeras y lavabos, no parece haber monopolio de material sanitario, pero se echa en falta el bidé para la higiene íntima de la ‘pomme de terre’, como cantaba La Trinca.

Siendo la acogida un componente esencial de la solidaridad, valgan esos singulares ejemplos para mostrar agradecimiento a todas las personas que nos alojaron en sus casas. Sin su apoyo habría resultado mucho más duro ir a Glasgow a reclamar justicia climática.

La Cumbre del Clima de Glasgow no ha establecido medidas efectivas para impulsar procesos de descarbonización que eviten catástrofes medioambientales y humanitarias. Toca luchar con múltiples formas de resistencia pacífica, forzando a la clase política mundial a proteger a los seres vivos del planeta frente al devastador capitalismo. Hace falta un sistema económico distinto, sin depender de ese crecimiento desenfrenado que puede acabar en el abismo.


LUIS ALEJOS

 



Categorías:EQUIPO DE REDACCIÓN

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